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A un solo día de distancia

Tecleo en la buhardilla, a las siete y media, aunque llevo leyendo noticias y remoloneando ya más de una hora. Qué sensación maravillosa esta de seguir en camisón, con la casa abierta refrescando y ventilando, sin obligaciones ni prisas.

No necesito volver a pasarme por mi insti, nadie lo espera y mi plaza ya está cubierta por un interino. Creo que se llama Víctor y es tan joven que no sé si los alumnos se lo van a comer con patatas, como les pasaba a los novatillos del año anterior. Nunca se sabe, pero en todo caso, eso ya no me incumbe 😉 En fin, que me habría gustado saludar a algunos compañeros que no vi ayer, pero tampoco tengo la seguridad de encontrarlos hoy. Así que si voy o no dependerá de mi ánimo y de si me canso de escribir. Ahora son estas otras mis prioridades. A ver si consigo terminar por fin el borrador de mi novela, jo, que está siendo de lo mas trabajoso.

Y aunque llevo cinco semanas con un horario bastante regular, las sensaciones de irrealidad me siguen acompañando. Imagino que voy a necesitar tiempo para que la rutina diaria se convierta en un bálsamo.

ACTUALIZACIÓN: He ido al híper solo por salir de casa y dejar de pensar. He matado a mi protagonista y el proceso de escribirlo ha sido durillo. Tampoco ayuda la soledad. Y menos aún la constancia absoluta de que ya no pinto nada en mi trabajo. Ni siquiera me acercaré. Aunque sea mi último día, ya estoy amortizada para todos.

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A dos días

Lunes, seis de la mañana, penúltimo día laboral de mi vida. Uff, sigo sin hacerme a la idea. Quizás haga alguna actualización más tarde. Ahora solo soy capaz de dejar constancia de mis sensaciones de irrealidad.

ACTUALIZACIÓN: Me he pasado por el insti y he conocido a los profes nuevos del departamento, que son tres (aunque una tiene solo medio horario). Ha sido divertido, cotidiano y extraño a la vez. He dado algunas ideas sobre las aulas-profesor, las lecturas, los exámenes del curso pasado que hay que tirar y poco más. Luego he andado de charleta con unos y con otros y finalmente me he venido a casa. En resumen: lo bueno de ver a los compañeros pero nada de tener que empezar a bregar otra vez.

Mañana ni siquiera se espera mi asistencia pero quizás me dé una vuelta, más que nada por saludar a los que no he llegado a ver hoy.

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A tres días

Hoy es el domingo del dolor, porque mañana empieza de nuevo la dura tarea. Para muchos, para mis compañeros, pero ya no para mí. Aunque todavía puedo sentirlo y saberlo, pues seguro que más adelante hasta perderé el sentido del tiempo que tengo ahora.

Ando floja de ánimos. Cansada, estresada, una mezcla de ambas sensaciones. Me cuesta mucho centrarme, estoy en una fase de agotamiento emocional.

Pero la vida sigue, sea o no consciente, así que intento seguirle el ritmo.

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Sábado 31 de agosto

Los días siguen pasando, ineluctabile tempus, hasta el total agotamiento de mi vida laboral. Cuatro días quedan. Haré la cuenta atrás nuevamente. Disfrutaré de poder hacerlo para contrarrestar esas otras situaciones intempestivas en las que no he tenido ni la más mínima oportunidad de decidir sobre mi existencia.

Hoy comemos con G. Es una bendición estar lo suficiente cerca para lo que necesitemos todos, pero no tanto como para perder la intimidad y la independencia.

Ya es mi costumbre teclear en la oscuridad. Son las siete de una hermosa mañana de sábado. Ojalá el día por delante sea feliz. Así lo espero.

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Pergeñando planes

Ya tengo en mente un curso de escritura los viernes de once a una. Por fin, uno presencial, con contacto humano. Me hace ilusión. Ojalá salga.

Intenté cuadrar una cita para visitar también una escuela de corte y confección, pero todavía andaban de vacaciones. La próxima semana ya será posible.

Y he avanzado bastante en mi novela. De momento todo lo necesario para terminar el curso on line con Margarita. Voy a procurar cerrar del todo el borrador, tengo un mes por delante todavía, espero que me dé tiempo.

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Jueves 29

Realmente no habría sido necesario escribir en esta bitácora todos los días, pero me gustaba el entrenamiento y la constancia que supone y quería llegar hasta un número redondo. Las sesenta entradas seguidas que cumplo hoy me parecían una buena cifra hasta hace poco, sin embargo, ya que he llegado hasta aquí, ¿por qué no intentar mantener el ritmo hasta el día 4, el de la despedida absoluta de mi vida laboral? Con eso cerraría el ciclo totalmente. Voy a ver si lo consigo, espero que sí.

Como cualquier otro septiembre, me toca incorporarme al trabajo el primer lunes, el día 2. Pero esta vez será solamente para dos jornadas laborales, ya que el miércoles 4 se hará efectiva mi jubilación. Entonces, por fin, entraré en esa nueva fase vital tanto tiempo deseada y que ahora, vaya por Dios, si seré mema, me asusta un poco. Paradojas de esta existencia loca.

Pintan bastos para la enseñanza pública con el nuevo gobierno trifascista de Madrid. No solo no se recupera lo perdido, por ejemplo las 18 horas lectivas, sino que además llegan nuevos destrozos y una apuesta tan seria por la concertada, que se crea una subdirección solo para ella. Un desastre por el que ya no me corresponde pelear. Uff, menos mal, porque apenas tengo fuerzas para la lucha.

Pero que conste que abandono esa trinchera, pero no la guerra, porque seguiré dando la lata. Todavía ando un tanto desubicada, pero encontraré mi lugar como jubinauta. Navegaré con júbilo por mi jubilación.

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Miércoles 28

A cinco días de distancia de un mes de septiembre especial, tecleo en la oscuridad. Son las cinco y media. Mi tendencia sigue siendo madrugadora aunque no tenga que trabajar.

Llevo dos mañanas intentando escribir el final de la novela y no lo consigo. Voy muy lentamente, con miedo y reticencias, pero no me falta ya mucho. Entre tres y cinco capítulos, no más de 10.000 palabras. Intento cerrar hilos abiertos y no hago más que abrir otros inesperados que se me ocurren de pronto como solución.

No piso la piscina desde el viernes, arrastro la lumbalgia todavía, con antiinflamatorios incluidos, aunque un poco mejor. Tantos días de vacaciones y de mañanas y tardes sin la compañía de JC me enseñan cómo puede ser mi cotidianidad de ahora en adelante. Un poco solitaria. Espero que menos que ahora, con las clases de patronaje y escritura que tengo previstas.

Pero debo confesar que tanta soledad da pábulo a dos obsesiones ridículas. La primera, producto de los banners de vestidos de fiesta que me asaltan por todas partes, es no haber encontrado ninguno mejor que el que llevé en la boda de G. Me veo fatalmente gorda en las fotos y tal vez habría quedado más favorecida con uno comprado, en lugar de mi traje casero.

Se trata de una manía ridícula, porque lo hecho ya no tiene remedio, pero hasta he comprado un vestido de fiesta de rebajas. Una monada con escote palabra de honor que no sé si me pondré alguna vez y que pasa a aumentar mi caudal de trapos inútiles, me temo.

La otra cuestión es que me parece que recupero peso y redondeces después de medio año a dieta. La medicación y el no poder salir a caminar por la ciática no ayudan. Cada poco me propongo hacer de nuevo unos días restrictivos, pero no me alcanza el ánimo. La báscula y la cinta métrica no hablan de desastre, sigo igual, pero la sensación me acompaña y agobia.

Vuelvo a constatar, finalmente, que no quedarme sola en casa fue un acierto en mis años de duelo. Tener la mente ocupada en el trabajo es importante para no dejarse arrastrar por ideas obsesivas de toda índole. Debo seguir teniendo en cuenta mi tendencia para evitarlas de aquí en adelante.

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Días revueltos de tormenta

De nuevo el gran monstruo de los abismos web se ha comido mi texto. Desde la llegada de los bloques escribir con el móvil es muy efímero, muere enseguida. Me da pereza recordar y repetir los tres párrafos.

MÁS TARDE: Una DANA (antes la llamaban gota fría) recorrió ayer tarde la península y ha dejado Madrid inundado de agua y granizo.

Nosotros tuvimos nuestra aventura particular, porque el canalón del porche se atascó y empezó a verter el agua sobre las ventanas, en lugar de desalojarla.

Así que en un impass, cuando llovía un poco menos, pusimos una escalera sobre el suelo encharcado del jardín para acceder al puñetero canalón. El césped estaba anegado, parecía un arrozal, hubo que calzarla bien.

Díez tensos minutos pasamos JC a tres metros de altura y yo sujetando la escalera. Él sacaba puñados de barro y hojas hasta que quedaba limpio el tramo que podía abarcar sin peligro. Luego bajaba, movía la escalera un poco más allá y repetía la limpieza. Estuvimos en esa situación comprometida cuatro o cinco veces. Pero actuamos despacio, asegurando mucho cada paso y con la mayor prudencia posible.

Al final volvió a correr el agua como debía y no nos mojamos demasiado. Eso sí, en cuanto entramos en casa, dejó de llover, por supuesto, qué menos que ponernos en evidencia.

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Lunes 26

Empieza la última semana de agosto sin que me invada el agobio del final de las vacaciones. Permanecen todavía las sensaciones de irrealidad y una cierta nostalgia de lo conocido, pero también un rechazo visceral a lo más desagradable de mi oficio que, por fin, no tengo que asumir. Nada de horarios infames, malos repartos de grupos o reuniones densas y aburridas. Soy libre.

Septiembre tendrá todavía días de piscina, si no hace mucho frío, aunque iré activando las visitas a escuelas de costura y de escritores para comenzar mi nueva rutina en octubre. También estoy buscando útiles para hacerme youtuber, desde micrófonos y luces, hasta programas de animación y de edición de vídeo.

Mi novela avanza a paso de tortuga, porque cerrar hilos es complicado y porque me cuestiono a mí misma todo el tiempo. Una entrada de angustia en esos mismos términos de autocritica acabo de leerle a Rosa Montero en su muro de FaceBook. Con sus veinte novelas a las espaldas, cae en la misma crisis de agobio cada vez que empieza una nueva. En fin, que (salvando las distancias, claro, porque yo soy solo una humilde aprendiz) es algo bastante común y la única medicina es seguir adelante. Como ha hecho y sigue haciendo ella, a pesar del miedo y del áspero censor que todos llevamos dentro.

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Domingo 25 de agosto

Son las siete y media, llevo una hora leyendo e intentando calmar la ansiedad con la que me he despertado hoy. Me he tomado un par de amapolas (las píldoras de hierbas relajantes de la farmacia), y me he sumergido en la novela tostonazo que me toca para el curso on line que acaba de reiniciarse.

Compruebo en estos minutos transcurridos que estoy un poco más serena. Me alegra comprobar que han surtido efecto mis sencillas artimañas. También corroboro que la lectura no ha dejado de ser un aburrimiento supino, cualidad paradójicamente útil para obtener antes la relajación. No hay mal que por bien no venga, hagamos del defecto virtud, o si la vida te da limones haz limonada.

Queda una semana de vacaciones. Luego volveré al instituto, pero solo dos días y para decir adiós. Aunque llevo meses intentándolo, sigo sin tenerlo interiorizado. Me cuesta. El día 4 empieza mi nueva fase de jubilauta. Ya tengo un plan para entonces.

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Acabando agosto

Son casi las siete y sigue oscuro, cómo se nota ya el acortamiento de los días. Me he despertado demasiado pronto y llevo un rato largo leyendo noticias arrebujadita entre las sábanas.

Ayer, cumple de G, la mañana me cundió de lo lindo con los preparativos: compra, cocina, escritura y hasta un chapuzón piscinero rápido. El pulpo de casi tres kilos se redujo a poca cosa al cocerlo, pero estaba buenísimo. Y me di el lujo de saltarme la dieta.

Estuvimos toda la tarde con G. Y entre comer, el cochecito nuevo y tomarnos un chisme luego, se nos pasó el tiempo. Pero entre el peligro intrínseco de la conducción y la enfermedad de J, la ansiedad me ronda de nuevo.