
Empieza la última semana de agosto sin que me invada el agobio del final de las vacaciones. Permanecen todavía las sensaciones de irrealidad y una cierta nostalgia de lo conocido, pero también un rechazo visceral a lo más desagradable de mi oficio que, por fin, no tengo que asumir. Nada de horarios infames, malos repartos de grupos o reuniones densas y aburridas. Soy libre.
Septiembre tendrá todavía días de piscina, si no hace mucho frío, aunque iré activando las visitas a escuelas de costura y de escritores para comenzar mi nueva rutina en octubre. También estoy buscando útiles para hacerme youtuber, desde micrófonos y luces, hasta programas de animación y de edición de vídeo.
Mi novela avanza a paso de tortuga, porque cerrar hilos es complicado y porque me cuestiono a mí misma todo el tiempo. Una entrada de angustia en esos mismos términos de autocritica acabo de leerle a Rosa Montero en su muro de FaceBook. Con sus veinte novelas a las espaldas, cae en la misma crisis de agobio cada vez que empieza una nueva. En fin, que (salvando las distancias, claro, porque yo soy solo una humilde aprendiz) es algo bastante común y la única medicina es seguir adelante. Como ha hecho y sigue haciendo ella, a pesar del miedo y del áspero censor que todos llevamos dentro.