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Resaca de sentimientos

La mañana del sábado, ayer, la pasamos con mucha tristeza, en el tanatorio de nuestra ciudad. G lloró a su amigo con unas lágrimas que eran también por su hermano. Y por la soledad en la que ambos le dejan, de la que es cada vez más consciente.

Rescaté fotos de toda la cuadrilla, incluyendo a Rodrigo, en sus reuniones para jugar, reír y divertirse. Algunas en esta casa. Y qué silenciosa parece ahora que no hay jóvenes bulliciosos, no se oyen sus pasos, sus risas, su música.

Me distraigo con lo que puedo, lecturas, series o informativos, pero vuelve a mi consciencia, como un golpe, la dolorosa certeza de la muerte. La de JCC y la de Rodrigo. Y el miedo por la de todos los que amo.

Estamos solos. Y tristes. Ojalá la vida nos deje de dar disgustos por un largo tiempo y nos regale alguna alegría. Por favor.

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Vientos huracanados

Nos cerca la tercera ola de la pandemia, con sus desastres económicos adheridos, y la malignidad de los tacticismos políticos que se llevan gente por delante me espanta. Me siento inerme ante esos gobernantes que solo buscan su medro y no la salud de los ciudadanos. Y muy triste por la muerte de JCC.

Sopla un viento de 90 km por hora que puede ser más peligroso si pensamos en los árboles y cornisas afectados por la nevada. La nieve se derrite despacio, pero está en ello, quince días después, por fin. Pero parece que sigue la acumulación de incidencias en Madrid, porque hubo una explosión de gas en el centro, que se llevó un edificio y cuatro personas por delante. Y hasta se vio un meteorito cruzar los cielos de la capital. Parecen signos de una malignidad distópica, cuesta creer que vivimos en estas extrañas circunstancias.

Son las seis. Me esfuerzo en escribir, por ver si así consigo conjurar el miedo y el dolor. Oigo las rachas de viento, inquietantes, y temo por todos los que amo. No consigo sacudirme las sensaciones de angustia, temor e irrealidad.

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Liberados, pero tristes

Aunque hemos visto excavadoras en otras calles, como la de G, y limpiaron nuestra avenida principal enseguida, la verdad es que nuestra pequeña calle fondo de saco fue liberada por el esfuerzo conjunto de los vecinos. A base de carretilla y palas.

Y menos mal que ayer, por fin, subieron las temperaturas. Se agradece no estar bajo cero, se agradece mucho la desaparición de las heladas. Llovió suave, pero las concentraciones de nieve, en sucios y caóticos montones aquí y allá, todavía siguen. Acumulamos aún gran cantidad en el jardín, en la entrada y en las terrazas. Será ya cuestión de paciencia y tiempo. Supongo.

Pero otro asunto más grave nos angustia ahora. Un suceso inesperado, un accidente in itinere, un resbalón y una caída de aparente poca importancia, ha terminado en extrema gravedad. Le ha pasado a JCC, un amigo de la cuadrilla de Rodrigo y de G. Estamos pendientes de ese mal pronóstico que conocimos también ayer y que ha removido nuestras vidas de nuevo. No news, good news, nos decimos mientras esperamos. Ojalá evolucione favorablemente. Dios lo quiera.

ACTUALIZACIÓN: Sobre las 15 horas, G nos ha informado de su muerte. Estamos muy afectados. Y ni siquiera podemos acompañar a su reducida familia, con las restricciones COVID-19.

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Una semana después

Seguimos aislados por la nieve. El medio metro no se ha derretido en los lugares más umbríos, como nuestra calle fondo de saco. O en las vertientes al Norte de los tejados y terrazas. El vecindario se echó fuera para abrir senderos y gracias a esa colaboración cívica se puede caminar un poco. Hasta la farmacia. O para conseguir pan y pequeños suministros en el chino de Islas Canarias. Pero los coches siguen atrapados y estamos tirando de las reservas de despensa y frigorífico hasta que sea posible acercase al híper con los vehículos. Menos mal que yo siempre los tengo bien surtidos.

Hay previsiones de lluvia y subida de temperaturas, lo que necesitamos para deshacernos del exceso de nieve. Porque ahora mismo sufrimos una ola polar con hasta -12°C por la noche, algo jamás conocido en Getafe. Tampoco es que se tengan datos, más allá del último siglo, pero está bastante lejos de las medias que yo puedo atestiguar. Llevamos aquí treinta años y ya -2°C nos parecía muchísimo. Vivir para creer.

Tan malamente seguimos colapsados por la nieve, que no se han reaunudado las clases presenciales. Todo va telemáticamente. Y la CAM ha ido anunciando la vuelta para el miércoles 13, para el lunes 18 y ahora para los de la semana subsiguiente, miércoles 20 y jueves 21. Primaria, Secundaria, Bachillerato y Universidad.

Noto la inactividad física. Debería volver a la bicicleta estática y a la dieta. Sobre todo porque cuando no quemo energía, me sube la ansiedad. Extraños tiempos vivimos, la verdad es que sí.

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La gran nevada

Nunca había vivido un fenómeno como este. He pateado nieve en la montaña, he sufrido allí alguna ventisca, pero en casa, en la ciudad, nevar suponía solo la magia de un poco de color blanco salpicado aquí y allá. Pocas veces he visto cuajar una nevada de más de cuatro o cinco centímetros. Hasta ayer.

El viernes empezó con fuerza y superó todas las pobres previsiones mías. Pensaba que diez o veinte centímetros podrían ser la nevadona anunciada, pero la realidad llegó por la noche, mientras dormíamos. La mañana del sábado encontramos las ventanas obturadas, las paredes y cristales opacados, y y medio metro de nieve en terrazas y jardines.

Los árboles cargados no solo de nieve, sino de hielo, mostraban muchas ramas rotas. Sin ir más lejos, tuvimos que rescatar al lyquidambar de nuestro jardín, porque su horquilla secundaria amenazaba desgajarse. Los coches aparcados en nuestra calle estaban completamente ocultos bajo cincuenta o sesenta centímetros y había un silencio y una calma muy especiales mientras los copos caían con insistencia. Una estampa hermosa vista desde el refugio calentito de cada casa, pero una ratonera para muchos que se quedaron atrapados en sus negocios, oficinas, puestos de trabajo, o en sus coches de vuelta a casa. Y una pesadilla para los servicios esenciales, como los sanitarios, que han doblado y triplicado turnos porque no llegan los relevos. Lo que les faltaba a las ya exhaustas plantillas.

Hoy, domingo, todavía está toda la Comunidad de Madrid llena de nieve y, curiosamente, donde menos ha nevado ha sido en la sierra. No hay transporte público, Barajas ha cerrado, ninguna autopista está transitable y tampoco se puede circular por las calles de Madrid, ni siquiera por las grandes arterias. Se han suspendido las clases hasta el miércoles y ya veremos si para entonces habrá la movilidad suficiente. Me temo que no. Porque ahora las previsiones son de temperaturas bajo cero y la nieve convertida en hielo va a ser un horror.

Ayer por la tarde, finalmente, el barrio se activó y salimos todos a limpiar los accesos, retirando nieve de terrazas y paramentos horizontales que en un deshielo rápido pudieran afectar a las viviendas. La pala metálica del jardín, además de pesada, se volvió ineficaz, porque la nieve se quedaba adherida y no había forma humana de hacerla desprenderse. Así que recurrimos a los recogedores de plástico, los de barrer, livianos y eficaces con la nieve en polvo. Terminaron rotos, de puro desgaste de material, pero facilitaban mucho el trabajo. JC y yo bromeamos sobre el hecho de que van a agotarse en el supermercado, porque todos recurrimos a ellos.

Son las siete y media. Tecleo en el móvil. Todavía no me he asomado a las ventanas. Me da pena que haya desaparecido la belleza de la nieve en el jardín. (Pausa para comprobarlo). Pero no. Ahí sigue la gigantesca capa de nieve, en los tejados, jardines y calles. Quizá, si luce el sol, pueda derretirse un poco. Seguiremos informando.

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Anuncios de nieve

Tenemos encima una tormenta que trae nieve. Ayer hizo su aparición con unas horas de blancura y copos pequeños. Pero se espera que vuelva a insistir hoy. Y mañana.

No hemos salido de casa. Vimos nevar con la alegría de sentirnos a salvo, calentitos en nuestro refugio. Madrid es ciudad de poca nieve. Un día al año y no todos los inviernos. No recuerdo haber vivido tres jornadas seguidas, como las que anuncia la AEMET.

Veremos en qué queda. G ayer se declaró escéptico, JC y yo, sin embargo, tendemos a creer las previsiones. Y estas dicen que todavía falta lo más copioso. Seguiremos atentos. Aunque ya casi de vuelta a las rutinas.

Quien sí que regresó al trabajo ayer mismo fue F, mi editor de Valhalla. A media mañana me escribió para pedirme sinopsis, bio y sugerencias para portada y contraportada. Como ya lo tenia medio pensado, tardé poco en contestarle.

He optado por la sobriedad. Creo que lo mejor es que sea breve y sencillo. De momento no me ha dicho nada de mis aportaciones. El texto también se lo di revisado antes de Navidad, incluso con dedicatorias y citas. Ya veré cómo me las apaño con las galeradas, que es la fase siguiente.

Las cinco primeras novelas no han salido aún, eso me sorprende, y no se anuncia una fecha concreta, como sí pasó con Urano. Supongo que porque una editorial nueva y diminuta tiene que adaptarse a lo que le digan en la imprenta. Me temo que tampoco veré actuar a una distribuidora como la del libro de Rodrigo, que puso el título en todas las librerías y páginas un par de semanas antes del estreno. Ahí va a estar la prueba de fuego de hasta qué punto es una editorial tradicional.

En fin, yo sigo avanzando. Hoy me propongo volver a los vídeos didácticos. Y leer lo que aún tengo pendiente para mis dos clubes literarios, el lunes en la FCPJH y el martes, por Zoom, en la Biblioteca.

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6 de enero de 2021

Escribir el nuevo dígito del año me resulta rarísimo todavía, incluso el autocorrector tiende a proponer 2020. Tecleo arropada por el edredón, a las 4:54 de la mañana de Reyes. He dormido poco, pero no me siento cansada. Supongo que mi organismo no necesita más, y que es lo esperable en estos días de escaso desgaste, ni físico, ni mental.

Y eso es así porque los -6°C, que dice la AEMET, no es temperatura que incite a dar paseos por la calle. Además de la pandemia, ahora es el clima lo que nos empuja a permanecer en casita, cuasi confinados. En lo demás, salimos solo a lo imprescindible, evitamos al máximo los contactos y usamos mascarillas FFP2 en los que son inevitables. Está claro que la vida se está poniendo sedentaria estas últimas fechas. Intentamos equilibrar la balanza con un poco de bici estática, y no comiendo demasiado. Ya veremos si funciona.

Ayer tocaba la compra semanal y quise ir a las nueve, según abren, como suelo por evitar aglomeraciones. El sol brillaba en un cielo limpio y no le puse atención a nada más que no olvidarme de la lista. Cuando salí a la calle, un frío inesperado me golpeó físicamente. Costaba, dolía, respirar. Y al momento tuve buena muestra de que no era una sensación subjetiva: los cristales del coche estaban cubiertos de hielo. Me costó dejarlos limpios. El termómetro interior del vehículo marcaba -3°C. Lo nunca visto. Y el volante estaba tan gélido, que se me helaban los dedos al tocarlo. Ahí entendí por qué algunos coches nórdicos lo tienen calefactado.

No recuerdo haber vivido nunca aquí temperaturas tan bajas. Y ya son casi treinta años los que llevamos en Getafe. En ese mismo termómetro, yendo a trabajar, sobre las ocho de la mañana, había llegado a ver algún -1°C, hace ya tiempo, y ya me parecía la pera. Esta ola que ahora nos afecta amenaza con nieve para el fin de semana. Casi es preferible a este frío seco y duro. Cuando nieva, templa. O eso dice el refrán. Ya veremos. Quizá nos vendría bien una gran nevadona, que mantuviera a la gente en sus domicilios. Tal vez así podríamos doblegar la maldita curva que vuelve a subir. Quién sabe.

Empieza el 2021 con más vacunas que medios y organización para ponerlas. Madrid sigue con la privatización y el desvío de los recursos públicos. No entiendo que haya tantos votantes que aplaudan el desmantelamiento del estado del bienestar, contra sus propios intereses. ¿Es ignorancia, fanatismo ideológico, dejadez? ¿O es que ya la mitad de la población se paga aparte los servicios, o eso cree, y considera que la protección de lo público debería ser mínima, sólo asistencial? Me parece tristísimo que tanta gente sea partidaria de semejante sálvese quien pueda. No solo por la insolidaridad que derrocha, sino porque demuestra una estupidez social abochornante.

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Noche de Reyes

Me llegan dulces recuerdos de la infancia y este cinco de enero. Y de la alegría de la mañana del seis. He vivido ya sesenta veces esta fiesta, aunque no los recuerdo todos, y me parece meridiano que solo tiene magia si hay niños. Y aquí no los hay.

Pero no me quejo. Estamos juntos, conscientes de la suerte que significa querernos, con esa serenidad aprendida que arropa el espíritu.

Mañana veremos a Ela, porque es su cumple, un ratito. Y aún habrá días de vacaciones. Hasta que finalmente el lunes 11 volvamos a la rutina.

Normalidad. En estos tiempos locos de pandemia, es mucho más que suficiente. No me atrevo a pedir, ni siquiera a pensarlo, nada más.

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Adiós, 2020

Parecía un número bonito, con sus cifras repetidas, pero nos salió malísimo. Mi experiencia en este primer año como pensionista ha sido difícil. Y no me pongo egocéntrica, es que lo ha sido para todos.

A estas alturas ya, de ocho meses y medio de pandemia, me doy cuenta de que tanto aislamiento pasa factura emocional. Estas semanas de diciembre se me están haciendo aún más áridas. Quizá porque las fechas señaladas remueven la tristeza.

Me refugio en la lectura, en el jueguín de ACNH, en ver series con JC, en cocinar, en hablar alguna vez con G. Como en pleno confinamiento. Porque estamos, seguimos, muy aisladitos. Aunque podamos salir, lo hacemos solo para lo imprescindible.

Esta noche cenamos los tres. Ay, cuando éramos cuatro. Se me olvidaron las uvas, menos mal que a G se le ocurrió comprarlas, sin encomendarse a nadie, en un rapto de la lucidez que a mí me faltó ayer mismo.

Y lo de siempre, que eso de que se va un año y empieza otro no es más que un cómputo temporal humano posible. No hay que darle mayor importancia. Pero si sirve para seguir adelante con energía renovada, nos vale. Nos tiene que valer.

Que 2021 nos sea propicio.

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Último lunes de 2020

A punto de un nuevo año y de un nuevo comienzo

Casi un mes llevamos JC y yo de arreglos y asuntos pendientes, pero ya, por fin, hemos conseguido terminarlos. Cuatro semanas sin prisa, pero sin pausa. Las mismas que llevo, a cambio, sin elaborar vídeos y escribiendo poquito.

Conste que tampoco es que me haya dejado totalmente, pues en estos días locos conseguí terminar la última revisión de Nina y se la mandé a F mi editor. No entiendo las prisas, ya que inmediatamente después anunció que la editorial cerraba del 23 de diciembre al 6 de enero. Del curioso suceso deduzco que los profes cargamos con el sambenito de las vacaciones, pero no somos los únicos que las tenemos, ni de lejos. Y que no tiene sentido meterme prisa para luego no hacer nada. Así que supongo que quizá sea este el tiempo en que se lea el manuscrito. Hasta ahora F se había dedicado a los cinco primeros títulos. Ahora nos toca a la segunda tanda, que, si no me equivoco, somos tres más. Resulta un poco extraño, pero así funciona la editorial, un departamento lee y selecciona manuscritos, otro elabora la edición. O eso me explicó F. Ya veremos en qué para el asunto.

Lo que sí hago es jugar a ACNH. Un ratito cada día. Un entretenimiento mental interesante. A menudo, muy temprano, como haré también hoy, que son las 5:30. En cuanto termine de escribir estas líneas y de leer el periódico, como cada mañana. En el juego los días comienzan a las 5:00 y todo se produce en tiempo real. Características me vienen que ni pintadas. Y no solo porque el jueguín encaja perfectamente con mi tendencia madrugadora, sino porque me permite actuar a ratitos.

No sé cuándo volveré a la rutina. Quizá me tome un poco más de tiempo, hasta el día 2. O hasta después de Reyes. Todavía no lo tengo decidido. Dependerá de si tengo que seguir saliendo a menudo o de si recuperamos los ritmos habituales.

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Nochebuena 2020

He perdido el sentido del tiempo. Otras veces soy más consciente de la cercanía de las fechas, pero este año, con JC de vacaciones desde una semana antes, me cuesta ubicarme. Así, de pronto, es Nochebuena. Y voy a acercarme al centro comercial a primera hora para las últimas compras. Y a hornear tartas. Y a comer poco para permitirme una cena más copiosa.

Cenamos con G, se nos suma B en la comida del 25. Hacemos planes sencillos. Llamaré a mi hermana para ver qué tal van ellos. Y así será esta extraña Navidad. Solo JM se acercará a ver a Ela.

¿Superaremos las sensaciones de extrañeza? No creo. Pero seguimos. Resistimos.