Mi sistema al escribir consiste, siempre, en revisar lo del día anterior antes de ponerme con la nueva tarea. Y cuando acabo una escena. Y un capítulo. O un bloque, o cualquier parte estructural.
Corrijo continuamente. Y de nuevo cuando el manuscrito está acabado. Muchas vueltas, muchas veces el texto completo. Y eso hice con Nina. Así que estaba convencidísima de que todo estaría bastante limpio.
Pues, espanto espantoso, sigo encontrando fallos, rimas cacofónicas, errores de tipeo, lugares donde me podría haber expresado más adecuadamente. Es la tarea de Sísifo.
Ya me lo decía S, el editor del libro de Rodrigo, que las fechas de entrega son la solución para dejar de darles vueltas a los textos. Que los autores respiran aliviados cuando tienen que cumplirlas. Porque solo entonces pueden descansar.
F, mi editor, me anuncia sus próximas actuaciones por WhatsApp. Soy la primera de la nueva tanda: 11 de febrero: Portada Nina. 12 de febrero: sinopsis Nina.
Son fechas simbólicas, que me sorprenden, alegran y conmueven a la vez. De nuevo surgen estas curiosas casualidades relacionadas con Rodrigo. Y con Nuria.
Quiero creer que con ellas ambos nos dicen que no están tan lejos, que acompañan nuestra vida, incluso en detalles nimios como mis pobres aventuras literarias.
Tengo trabajo, entonces. Además de subir mi siguiente vídeo de sintaxis, (que ayer no pude porque perdí la conexión y hasta tuvo que venir un técnico a repararla). Este finde toca revisar las galeradas.
La editorial ha hecho una maquetación muy bonita, que me gusta muchísimo, estoy muy contenta. Lo malo, porque siempre hay alguna cosa, es que siguen saliendo errores. A pesar de las mil vueltas que le di al texto en su momento.
Pero no me importa. Me pongo a la tarea con ganas.
Ya estamos en febrero, no hace tanto frío y cumplo mis obligaciones con bastante éxito otra vez.
Escribo, hago vídeos, leo, acudo a clases por Zoom. Sufro la alergia por cupresaceas de todos los años y sobrellevo con elegancia la dieta equilibrada necesaria después de los extras del confinamiento por nieve y las comidas de Navidad. También, he regresado a la actividad física de largos paseos. A paso rápido.
Mi editor está maquetando la novela, ya conozco la portada, (y además pude elegir entre dos propuestas), y pronto revisaré las galeradas. Parece que eso también progresa adecuadamente.
Pero, sobre la mesa, siguen las fotos de JCC. Y su recuerdo en nuestros corazones.
La mañana del sábado, ayer, la pasamos con mucha tristeza, en el tanatorio de nuestra ciudad. G lloró a su amigo con unas lágrimas que eran también por su hermano. Y por la soledad en la que ambos le dejan, de la que es cada vez más consciente.
Rescaté fotos de toda la cuadrilla, incluyendo a Rodrigo, en sus reuniones para jugar, reír y divertirse. Algunas en esta casa. Y qué silenciosa parece ahora que no hay jóvenes bulliciosos, no se oyen sus pasos, sus risas, su música.
Me distraigo con lo que puedo, lecturas, series o informativos, pero vuelve a mi consciencia, como un golpe, la dolorosa certeza de la muerte. La de JCC y la de Rodrigo. Y el miedo por la de todos los que amo.
Estamos solos. Y tristes. Ojalá la vida nos deje de dar disgustos por un largo tiempo y nos regale alguna alegría. Por favor.
Nos cerca la tercera ola de la pandemia, con sus desastres económicos adheridos, y la malignidad de los tacticismos políticos que se llevan gente por delante me espanta. Me siento inerme ante esos gobernantes que solo buscan su medro y no la salud de los ciudadanos. Y muy triste por la muerte de JCC.
Sopla un viento de 90 km por hora que puede ser más peligroso si pensamos en los árboles y cornisas afectados por la nevada. La nieve se derrite despacio, pero está en ello, quince días después, por fin. Pero parece que sigue la acumulación de incidencias en Madrid, porque hubo una explosión de gas en el centro, que se llevó un edificio y cuatro personas por delante. Y hasta se vio un meteorito cruzar los cielos de la capital. Parecen signos de una malignidad distópica, cuesta creer que vivimos en estas extrañas circunstancias.
Son las seis. Me esfuerzo en escribir, por ver si así consigo conjurar el miedo y el dolor. Oigo las rachas de viento, inquietantes, y temo por todos los que amo. No consigo sacudirme las sensaciones de angustia, temor e irrealidad.
Aunque hemos visto excavadoras en otras calles, como la de G, y limpiaron nuestra avenida principal enseguida, la verdad es que nuestra pequeña calle fondo de saco fue liberada por el esfuerzo conjunto de los vecinos. A base de carretilla y palas.
Y menos mal que ayer, por fin, subieron las temperaturas. Se agradece no estar bajo cero, se agradece mucho la desaparición de las heladas. Llovió suave, pero las concentraciones de nieve, en sucios y caóticos montones aquí y allá, todavía siguen. Acumulamos aún gran cantidad en el jardín, en la entrada y en las terrazas. Será ya cuestión de paciencia y tiempo. Supongo.
Pero otro asunto más grave nos angustia ahora. Un suceso inesperado, un accidente in itinere, un resbalón y una caída de aparente poca importancia, ha terminado en extrema gravedad. Le ha pasado a JCC, un amigo de la cuadrilla de Rodrigo y de G. Estamos pendientes de ese mal pronóstico que conocimos también ayer y que ha removido nuestras vidas de nuevo. No news, good news, nos decimos mientras esperamos. Ojalá evolucione favorablemente. Dios lo quiera.
ACTUALIZACIÓN: Sobre las 15 horas, G nos ha informado de su muerte. Estamos muy afectados. Y ni siquiera podemos acompañar a su reducida familia, con las restricciones COVID-19.
Seguimos aislados por la nieve. El medio metro no se ha derretido en los lugares más umbríos, como nuestra calle fondo de saco. O en las vertientes al Norte de los tejados y terrazas. El vecindario se echó fuera para abrir senderos y gracias a esa colaboración cívica se puede caminar un poco. Hasta la farmacia. O para conseguir pan y pequeños suministros en el chino de Islas Canarias. Pero los coches siguen atrapados y estamos tirando de las reservas de despensa y frigorífico hasta que sea posible acercase al híper con los vehículos. Menos mal que yo siempre los tengo bien surtidos.
Hay previsiones de lluvia y subida de temperaturas, lo que necesitamos para deshacernos del exceso de nieve. Porque ahora mismo sufrimos una ola polar con hasta -12°C por la noche, algo jamás conocido en Getafe. Tampoco es que se tengan datos, más allá del último siglo, pero está bastante lejos de las medias que yo puedo atestiguar. Llevamos aquí treinta años y ya -2°C nos parecía muchísimo. Vivir para creer.
Tan malamente seguimos colapsados por la nieve, que no se han reaunudado las clases presenciales. Todo va telemáticamente. Y la CAM ha ido anunciando la vuelta para el miércoles 13, para el lunes 18 y ahora para los de la semana subsiguiente, miércoles 20 y jueves 21. Primaria, Secundaria, Bachillerato y Universidad.
Noto la inactividad física. Debería volver a la bicicleta estática y a la dieta. Sobre todo porque cuando no quemo energía, me sube la ansiedad. Extraños tiempos vivimos, la verdad es que sí.
Nunca había vivido un fenómeno como este. He pateado nieve en la montaña, he sufrido allí alguna ventisca, pero en casa, en la ciudad, nevar suponía solo la magia de un poco de color blanco salpicado aquí y allá. Pocas veces he visto cuajar una nevada de más de cuatro o cinco centímetros. Hasta ayer.
El viernes empezó con fuerza y superó todas las pobres previsiones mías. Pensaba que diez o veinte centímetros podrían ser la nevadona anunciada, pero la realidad llegó por la noche, mientras dormíamos. La mañana del sábado encontramos las ventanas obturadas, las paredes y cristales opacados, y y medio metro de nieve en terrazas y jardines.
Los árboles cargados no solo de nieve, sino de hielo, mostraban muchas ramas rotas. Sin ir más lejos, tuvimos que rescatar al lyquidambar de nuestro jardín, porque su horquilla secundaria amenazaba desgajarse. Los coches aparcados en nuestra calle estaban completamente ocultos bajo cincuenta o sesenta centímetros y había un silencio y una calma muy especiales mientras los copos caían con insistencia. Una estampa hermosa vista desde el refugio calentito de cada casa, pero una ratonera para muchos que se quedaron atrapados en sus negocios, oficinas, puestos de trabajo, o en sus coches de vuelta a casa. Y una pesadilla para los servicios esenciales, como los sanitarios, que han doblado y triplicado turnos porque no llegan los relevos. Lo que les faltaba a las ya exhaustas plantillas.
Hoy, domingo, todavía está toda la Comunidad de Madrid llena de nieve y, curiosamente, donde menos ha nevado ha sido en la sierra. No hay transporte público, Barajas ha cerrado, ninguna autopista está transitable y tampoco se puede circular por las calles de Madrid, ni siquiera por las grandes arterias. Se han suspendido las clases hasta el miércoles y ya veremos si para entonces habrá la movilidad suficiente. Me temo que no. Porque ahora las previsiones son de temperaturas bajo cero y la nieve convertida en hielo va a ser un horror.
Ayer por la tarde, finalmente, el barrio se activó y salimos todos a limpiar los accesos, retirando nieve de terrazas y paramentos horizontales que en un deshielo rápido pudieran afectar a las viviendas. La pala metálica del jardín, además de pesada, se volvió ineficaz, porque la nieve se quedaba adherida y no había forma humana de hacerla desprenderse. Así que recurrimos a los recogedores de plástico, los de barrer, livianos y eficaces con la nieve en polvo. Terminaron rotos, de puro desgaste de material, pero facilitaban mucho el trabajo. JC y yo bromeamos sobre el hecho de que van a agotarse en el supermercado, porque todos recurrimos a ellos.
Son las siete y media. Tecleo en el móvil. Todavía no me he asomado a las ventanas. Me da pena que haya desaparecido la belleza de la nieve en el jardín. (Pausa para comprobarlo). Pero no. Ahí sigue la gigantesca capa de nieve, en los tejados, jardines y calles. Quizá, si luce el sol, pueda derretirse un poco. Seguiremos informando.
Tenemos encima una tormenta que trae nieve. Ayer hizo su aparición con unas horas de blancura y copos pequeños. Pero se espera que vuelva a insistir hoy. Y mañana.
No hemos salido de casa. Vimos nevar con la alegría de sentirnos a salvo, calentitos en nuestro refugio. Madrid es ciudad de poca nieve. Un día al año y no todos los inviernos. No recuerdo haber vivido tres jornadas seguidas, como las que anuncia la AEMET.
Veremos en qué queda. G ayer se declaró escéptico, JC y yo, sin embargo, tendemos a creer las previsiones. Y estas dicen que todavía falta lo más copioso. Seguiremos atentos. Aunque ya casi de vuelta a las rutinas.
Quien sí que regresó al trabajo ayer mismo fue F, mi editor de Valhalla. A media mañana me escribió para pedirme sinopsis, bio y sugerencias para portada y contraportada. Como ya lo tenia medio pensado, tardé poco en contestarle.
He optado por la sobriedad. Creo que lo mejor es que sea breve y sencillo. De momento no me ha dicho nada de mis aportaciones. El texto también se lo di revisado antes de Navidad, incluso con dedicatorias y citas. Ya veré cómo me las apaño con las galeradas, que es la fase siguiente.
Las cinco primeras novelas no han salido aún, eso me sorprende, y no se anuncia una fecha concreta, como sí pasó con Urano. Supongo que porque una editorial nueva y diminuta tiene que adaptarse a lo que le digan en la imprenta. Me temo que tampoco veré actuar a una distribuidora como la del libro de Rodrigo, que puso el título en todas las librerías y páginas un par de semanas antes del estreno. Ahí va a estar la prueba de fuego de hasta qué punto es una editorial tradicional.
En fin, yo sigo avanzando. Hoy me propongo volver a los vídeos didácticos. Y leer lo que aún tengo pendiente para mis dos clubes literarios, el lunes en la FCPJH y el martes, por Zoom, en la Biblioteca.
Escribir el nuevo dígito del año me resulta rarísimo todavía, incluso el autocorrector tiende a proponer 2020. Tecleo arropada por el edredón, a las 4:54 de la mañana de Reyes. He dormido poco, pero no me siento cansada. Supongo que mi organismo no necesita más, y que es lo esperable en estos días de escaso desgaste, ni físico, ni mental.
Y eso es así porque los -6°C, que dice la AEMET, no es temperatura que incite a dar paseos por la calle. Además de la pandemia, ahora es el clima lo que nos empuja a permanecer en casita, cuasi confinados. En lo demás, salimos solo a lo imprescindible, evitamos al máximo los contactos y usamos mascarillas FFP2 en los que son inevitables. Está claro que la vida se está poniendo sedentaria estas últimas fechas. Intentamos equilibrar la balanza con un poco de bici estática, y no comiendo demasiado. Ya veremos si funciona.
Ayer tocaba la compra semanal y quise ir a las nueve, según abren, como suelo por evitar aglomeraciones. El sol brillaba en un cielo limpio y no le puse atención a nada más que no olvidarme de la lista. Cuando salí a la calle, un frío inesperado me golpeó físicamente. Costaba, dolía, respirar. Y al momento tuve buena muestra de que no era una sensación subjetiva: los cristales del coche estaban cubiertos de hielo. Me costó dejarlos limpios. El termómetro interior del vehículo marcaba -3°C. Lo nunca visto. Y el volante estaba tan gélido, que se me helaban los dedos al tocarlo. Ahí entendí por qué algunos coches nórdicos lo tienen calefactado.
No recuerdo haber vivido nunca aquí temperaturas tan bajas. Y ya son casi treinta años los que llevamos en Getafe. En ese mismo termómetro, yendo a trabajar, sobre las ocho de la mañana, había llegado a ver algún -1°C, hace ya tiempo, y ya me parecía la pera. Esta ola que ahora nos afecta amenaza con nieve para el fin de semana. Casi es preferible a este frío seco y duro. Cuando nieva, templa. O eso dice el refrán. Ya veremos. Quizá nos vendría bien una gran nevadona, que mantuviera a la gente en sus domicilios. Tal vez así podríamos doblegar la maldita curva que vuelve a subir. Quién sabe.
Empieza el 2021 con más vacunas que medios y organización para ponerlas. Madrid sigue con la privatización y el desvío de los recursos públicos. No entiendo que haya tantos votantes que aplaudan el desmantelamiento del estado del bienestar, contra sus propios intereses. ¿Es ignorancia, fanatismo ideológico, dejadez? ¿O es que ya la mitad de la población se paga aparte los servicios, o eso cree, y considera que la protección de lo público debería ser mínima, sólo asistencial? Me parece tristísimo que tanta gente sea partidaria de semejante sálvese quien pueda. No solo por la insolidaridad que derrocha, sino porque demuestra una estupidez social abochornante.
Me llegan dulces recuerdos de la infancia y este cinco de enero. Y de la alegría de la mañana del seis. He vivido ya sesenta veces esta fiesta, aunque no los recuerdo todos, y me parece meridiano que solo tiene magia si hay niños. Y aquí no los hay.
Pero no me quejo. Estamos juntos, conscientes de la suerte que significa querernos, con esa serenidad aprendida que arropa el espíritu.
Mañana veremos a Ela, porque es su cumple, un ratito. Y aún habrá días de vacaciones. Hasta que finalmente el lunes 11 volvamos a la rutina.
Normalidad. En estos tiempos locos de pandemia, es mucho más que suficiente. No me atrevo a pedir, ni siquiera a pensarlo, nada más.
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