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Pensando

Llueve. He vuelto a dormir poco. Tengo una mañana ocupada con peluquería, compra y una visita al instituto para colaborar en la jubilación de Manuela. Pero, sobre todo, ando meditabunda desde que hablé con el editor y me envió el contrato.

En vez de ir dando saltos de alegría, estoy tentándome la ropa.

La conversación ( y la foto del whatsapp) me mostraron a un editor joven, que decía tener experiencia, y que andaba sobrecargado de trabajo siguiendo a distancia (él en Benicásim, ella en Torrelavega) las indicaciones de la editora jefa, la que contrata y firma. Muy charlatán, algo nervioso, me explicó las fases del proceso que seguirá la edición del libro como se hace con novatos, aunque yo no lo sea. Se dice mi editor, pero no ha leído todavía mi texto, porque no se encarga de la selección. Asegura, eso sí, claro, que lo hará más adelante. Y que anda un poco sobrepasado porque ha asumido el trabajo de otra compañera (creativa, portadista) que ha dejado el proyecto. (Al parecer porque le gusta más lo artístico y menos la edición. ¿O será que huye por otras razones?). Deduzco por sus palabras que la editorial, entonces, está remodelándose según necesita, que esos cambios le sorprenden y que, claramente, no participa en esa toma de decisiones. O sea, que es un empleado, o un freelance que cobra por trabajo hecho, ¿también un comercial? no sé. Y, en su simplismo, me comentó los cambios a mí. Que lo hiciera con tanta franqueza ¿se produjo porque no tenía aviesas intenciones que ocultar, o es un defecto producido por su habla nerviosa?

Comprendo bien que firmar ese contrato es una apuesta, un salto en el vacío creyendo en la solvencia y honestidad de esa ¿empresa?, más bien de esos editores. O editora, porque el contrato es con ella. Y como empieza de cero, no puedo comprobar calidades y precios de sus libros. Tampoco puedo saber, en estos estados tan iniciales, si es un proyecto por el que van a pelear (y podría, entonces, ser parte de algo bonito y con futuro), o un intento chapucilla de hacer un dinero y luego salir corriendo dejando pufos e impagados.

Consultaré el contrato con expertos por si ven más que yo. Desde luego no parece de coedición, pero puede que simplemente hagan edición a demanda. Vamos, que apenas impriman los ejemplares que se les pida para cada presentación, arriesgando así lo mínimo. Su capacidad de comercialización y distribución no la conozco. Me temo que no será gran cosa, pero se atreven a editar cinco a la vez ahora, este trimestre, y otros cuantos más en 2021. ¿No se necesita una inversión inicial grande para tantos títulos? ¿Hacen tantos libros juntos otras editoriales independientes?

Por otra parte, reflexiono, apostar por varios libros en lugar de uno, cuidando al máximo la cantidad impresa, parece comprensible en una editorial que está empezando y no quiere pillarse los dedos. Supongo que es mejor tener varias opciones, pero para poder permitírselo necesitan tener muy controlado el número de copias.

Sabiendo cómo son los contratos de coedición, compruebo que este no cita nunca ejemplares que yo deba adquirir. Pero hay una cláusula sobre los que dejan en depósito al autor, que debe devolver o pagar al completo, y que se le parece un poco. Me doy cuenta de que también podría ser una salvaguarda legal. Así que solo me queda comprobar cómo se devuelven. O si, simplemente, se puede no pedir libros en depósito.

Me mosquea también la cláusula de las regalías. Dice que serán anuales (esto es lo corriente) pero que el autor debe solicitarlas, ( y esto es lo extraño). Se trata de un redactado raruno, que me recuerda excesivamente los de coedición que he llegado a leer. ¿Es lo normal o tiene trampa? Necesito que alguien con experiencia me diga si es un contrato estándar o una chufa en esos dos puntos fundamentales.

Concluyo mis meditaciones: si no hay pufo legal, si son serios, pequeños pero honrados, no me importa su humilde capacidad de divulgación. No busco dinero. Por supuesto que para hacer yo casi todo el trabajo de presentaciones la autopublicación da más pasta, pero solo pretendo que haya un sello de auténtica editorial detrás. El quid de la cuestión es ¿hasta qué punto se trata de una «editorial tradicional» ?

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El asunto literario sigue su curso

El martes 6 recibí un email en el que un editor decía estar «interesado en mi novela» y me rogaba que rellenase un cuestionario. El jueves 15 me ha vuelto a escribir para concertar una cita telefónica, porque «han considerado mi texto publicable y hay muchas papeletas de que finalmente lo sea.» Hemos quedado para el lunes 19.

Parece que la cosa va. Aunque todavía puede quedar en nada, me emociona mucho saber que lo que escribo llega a interesarle a alguien. Lo suficiente, además, como para publicarlo. Si finalmente no saliera, al menos me quedo con ese espaldarazo emocional, que me ayuda no solo a seguir escribiendo, sino a enviar mis textos como propuestas editoriales. Porque dejarlos pudrirse de aburrimiento en un archivo del PC no puede ser ya nunca más una opción. Si no sale con esta editorial, hay otras. Si no es en 2020 será en 2021. Hay que intentarlo.

Hago constar, además, que no solo voy a luchar por Nina, mi primera novela. Es que sigo cuidando del libro de Rodrigo y que tengo una segunda novela terminada que defender.

Ese segundo texto fue el que acabé en junio y de momento, se halla en hibernación, pues lo envié a un concurso de los que exigen total exclusividad. Yo me temo mucho que es de los amañados, pero me hacía ilusión participar. Y ya que la pandemia les obligaba a recibir los manuscritos on-line, fui yo y me di el lujo. En otras circunstancias el gasto en copias y en correo para que ni se lo mirasen, no me lo habría planteado. De esa manera, podré presumir ante mis nietos (si es que alguna vez los tengo) de mi participación. Una experiencia intensa en medio de esta adocenante crisis de contactos sociales no viene mal, ¿verdad?

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Mis actividades 2020-21

Tuve una primera y brevísima reunión del Club de Lectura de la Biblioteca municipal. Por Zoom. Duró menos de 15 minutos y pude constatar que los participantes se conocían de otros años y que son gente mayor, salvo una jovencita aterrorizada que me da a mí que no sigue. El profe, por cierto, es también el que imparte los cursos de EdE de Getafe. Supongo por el acuerdo que tienen con el Ayuntamiento. Así que, qué buena coincidencia, me interesa conocerlo más, por si finalmente llega a dar un curso de proyectos o algo que me interese.

Se llama Adolfo Gilaberte, por cierto, que no se me olvide. Hace una Novela I este curso, además de Relato Breve, así que supongo que el año próximo hará la II. Lejos me queda, me temo, entonces, un curso de Proyectos. Aunque soñar no cuesta, ¿verdad?

Pero, lo que contaba, nos vimos por vídeo conferencia (por cierto, en el Zoom de EdE), solo para convenir el título que leer y que comentaremos en noviembre. Salió elegida Matar un ruiseñor de una lista rarísima, condicionada por lo que ya han leído los socios antes y por los libros de los que la bilioteca puede proporcionar muchos ejemplares. A mí me toca las narices que sea un texto traducido y siempre espero que mi traducción no sea una birria, porque si es así me enerva cantidad. En fin, me consolé pensando que también tiene una película que ver y con la que comparar guión y novela.

El asunto es que llevo ya un veinte por ciento y es bastante aburrida. La conseguí también en inglés y pensaba hacer una segunda lectura en su idioma original, pero creo que no me apetecerá nada. Confieso, además, que si fueran otras las condiciones, ya habría desechado el texto. Porque los años me han vuelto más selectiva e intemperante respecto a lo que leo. Le doy pocas oportunidades a lo que empieza mal, o es lento, o tiene errores tipográficos, o un ritmo flojo… No estoy diciendo que ese clásico norteamericano tenga todos esos defectos, pero desde luego el planteamiento es lentísimo y bastante pesado. Vale, soy yo la que aguanta poco. Ya he leído mucho y no soporto perder el poco tiempo que me queda en tonterías. Me puede este último desdén.

Así que, bueno, el Club me va a obligar a seguir lo que por mi cuenta dejaría sin contemplaciones. Supongo que una lectura al mes no será cosa de mucho agobio, puede que hasta me venga bien, por eso me he enrolado. La lista no abusa de norteamericanos, pero sí hay bastantes traducciones. Es inevitable, me temo. El asunto de la prosodia es que ni se lo plantean. En todo caso, esa lista es más larga que las reuniones posibles, hay incluso libros de poemas, ya veremos en qué termina.

De cómo se comenten las obras y de los egos y manías de los participantes supongo que hablaré en otras entradas. Un contacto rápido me hace temer algunos plastas en ese sentido. Lo común, por otra parte, en estos mundos. Idem de lienzo sucederá en el taller de narrativa. Iré contando.

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Lunes 12 de octubre de 2020

Dried flowers and book on wooden background

Empieza la última semana de vacaciones para JC y seguimos casi confinados, saliendo solo a lo necesario. Pero cada vez que le comento que me apeno por él y por si echa en falta no aprovecharlas viajando más, como otros años, me contesta que no les dé la importancia que no tienen. Considera que, en estas nuevas circunstancias, no hemos salido más porque realmente no nos sentimos cómodos fuera, ni en Alicante, que es casa propia también.

Tiene toda la razón del mundo cuando me explica que aquí estamos protegidos y no nos falta de nada. Quizá solo las interacciones sociales, (que no es poca deficiencia, aunque de momento resulte llevadera), le digo yo. En ese sentido la vida se ha vuelto extraña. La sobrellevamos, sí, pero a la larga me parece que ese aislamiento terminará siendo muy nocivo y me da miedo que se haga crónico.

Para evitarlo, y más en mi situación de recién jubilada, ya el curso pasado y sin pandemia amenazante, busqué grupos con los que compartir aficiones. El de costura no me funcionó. Tampoco el de Photoshop. Pero el de Proyectos Narrativos de EdE me encantó mientras pude ir presencialmente, y fue una grata compañía durante todo el confinamiento.

Este segundo curso de pensionista, y con tantas restricciones, he conseguido dos actividades en el barrio relacionadas también con el campo literario: un Taller de Narrativa, con tres sesiones mensuales, y un Club de lectura que se reúne el primer martes de cada mes. Pero de eso ya hablaré mañana.

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87 días seguidos

Voy acercándome a otra cifra mágica, el 90. O ya puestos, el 100. De momento, mientras tenga algo nuevo que contar, aquí lo haré. Sería absurdo otra cosa.

Y mientras, ahora mismo, compruebo que son las ocho y media en Portugal y comprendo que empieza la segunda hora en ese trabajo que ya no ejerzo. Tela marinera. Me siento afortunada por poder disfrutar de vacaciones en este momento, pero también ajena a mí misma, como que no termino de creérmelo. Supongo que es cuestión de tiempo.

Ah, por cierto, y me han dado plaza en el curso de Photoshop del catálogo municipal. Así que tengo cubiertos dos de mis tres ámbitos de actuación. Ya solo falta que salga el curso de escritura para hacer pleno.

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Una decisión escribidora

Llevo demasiado tiempo atorada en los desenlaces y sin comentar mis dudas aquí. Margarita me dice que escriba ya el final, sin pararme a hacer cambios y me parece sensato.

Pero me siento incapaz. Ya no es cuestión de escribir a tientas, intercalando relatos intuitivamente. Las conclusiones deben estar muy bien planeadas y ejecutadas y yo ni siquiera tengo los argumentos totalmente claros.

He charlado un poco con JC y eso me ha colocado las ideas: proyectaré escaletas para cada trama por separado y luego ya veré cómo las mezclo.

Para eso tendré que desgajar cada historia desde el principio y redactar así los cierres con visión de conjunto. Me he prometido no dedicar tiempo a hacer cambios o reajustes, porque podría perderme por el camino. Como me aconsejó Margarita.

Para ello, creía tener todo el mes de agosto, pero finalmente no será tanto tiempo, según nos acaba de contar la profe. Espero que me alcance.

Aunque, bien pensado, sobrepasará las tres semanas, no serán pocos días si los sé aprovechar. Cuento con los últimos de julio de la próxima semana y no tendré que reportarme hasta el 21-24 de agosto. Casi, casi llego a 30.

Y en todo caso, sin agobios, en septiembre todavía podré disponer de algunos días más. ¡En marcha!

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Escribo

Lumbalgia aparte, ayer me senté a escribir toda la mañana, de ocho a una.

Rehice la escaleta del desenlace. Improvisé una estructura para la escena que tenía que redactar y me lancé al vacío.

Al final apenas son tres páginas. Pero el asunto es que ya he vuelto a empezar.

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En la Semana Negra

Quién me iba a decir a mí que un día hablaría yo en la carpa grande, la del Encuentro, en la Semana Negra.

Ayer lo hice. Y creo que resultó todo fluido y natural. Estuve la media hora pertinente conversando con Pepe Gálvez, un tiempo corto que me pareció un suspiro brevísimo. Pero así de rápido van las cosas aquí: una presentación detrás de otra, en tres carpas simultáneas, todas las tardes.

Pepe Gálvez escribió el guión de una novela gráfica sobre los hechos ocurridos el 11m basada en la sentencia de la Audiencia Nacional. Era quien tenía que acompañarme en el escenario y nos conocimos y charlamos apenas quince minutos antes de la presentación. Pero conectamos muy bien. Y todo se desarrolló estupendamente.

Me presentó con dos frases escuetas para darme el máximo espacio. Respondí sus preguntas. Añadí lo que me pareció más interesante o adecuado, según veía las caras de los asistentes. Y de pronto ya era el momento de acabar.

Subían otros ponentes mientras yo me acercaba al puesto de la Campana, donde hablé un poco con los que me pedían dedicatorias y firmé unas decenas de libros. Hago mención especial de los amigos de Monchu, que llenaron la carpa y la fila de demandantes de firmas. También de dos auxiliares de enfermería del Gregorio Marañón que vivieron las emergencias de aquel jueves maldito y estaban en la Semana Negra de casualidad, pasando las vacaciones y muy impactadas por la coincidencia. Les conté que nosotros también buscamos a Rodrigo en aquel hospital, sin éxito, durante las primeras horas de desconcierto. Nos dimos un abrazo.

Luego, cómo no, marchamos a tomar algo con Monchu y otros amigos del gremio docente. Y nos contamos anécdotas y hasta nos reímos, cosa que a mí me vino muy bien para descargar la tensión.

Llevaba un tiempo pensando en el asunto, incluso me asustaba un poco, pero en el momento todo fluye y simplemente se vive.

JC, que ha estado en casi todas las presentaciones, me comenta siempre que no hay dos iguales y que en cada una la información va tomando unos u otros derroteros de forma espontánea, aunque a él le sorprende eso que cree habilidad mía y yo pienso que responde más a las circunstancias de cada audiencia y del que me acompaña y pregunta.

En cada presentación, y esta no fue diferente, todos me alaban la templanza expositiva. No parezco nerviosa y puedo hablar de momentos terribles con serenidad. Pero lo cierto es que por dentro hay un esfuerzo emocional subterráneo que antes o después se manifiesta.

Así, llegados a nuestro apartamento, tomamos una cena rápida y yo comprendí que me salía entonces el nerviosismo subconsciente, que estaba más alterada de lo que había parecido a lo largo de la tarde.

Me costó un tiempo serenarme y dormir, incluso con la ayuda medicamentosa que mi doc me tiene prescrita para momentos así.

Yo ya tengo asumido que lo que debo hacer es no agobiarme y dejar que llegue la calma, así que leí más de una hora, hasta que por fin me alcanzó el sueño.

Hoy me he despertado lúcida y tranquila. He redactado estas líneas y me propongo bajar a la playa haga o no sol. Porque estamos junto al mar y hay que aprovechar las vacaciones.

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Este diario vital

Desde muy niña anoto ideas, sucesos, sensaciones. Desde hace quince años en estos diarios online que se han dado en llamar blogs. Aunque yo prefiero el término bitácora, siempre me gustaron las esdrújulas.

Ahora que ando cerrando etapas, reviso mis pobres líneas y revivo momentos de atrás. Y los paladeo con gusto. Quizás me sirvan más adelante para alguna otra cosa. Hasta aquí me ha ayudado a colocar las ideas, a mantener el pulso y el ritmo de la escritura, a pulir mi estilo, a ser constante. ¿Se le puede pedir más?

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Feria del Libro de Madrid 2019

Firmar en la Feria del Libro de Madrid es una experiencia que nunca imaginé y que he intentado disfrutar al máximo, porque no creo que se vaya a repetir.

Tuve la suerte de que la caseta 311 (qué simbólico) estuviera a la sombra de los árboles, con buena orientación Este. El horario asignado, de doce a dos, me permitió pasar el tiempo bastante fresquita, sin sol directo, aunque las temperaturas fueran de puritito verano.

No sé si logré muchas ventas para el cómputo estandarizado, pero sí que tuvieron que reponer ejemplares tres veces. Y como estaban expuestos de dieciocho en dieciocho, la cosa andará rondando entre los treinta y cinco y los cuarenta.

Se acercaron amigos, alumnos y compañeros de trabajo. Bastantes, la verdad, para haber hecho tantas presentaciones.

Sin embargo, al pasear por la Feria impacta la cantidad de visitantes, pero, sobre todo, el número de publicaciones, tan ingente como inabarcable. Se pierde una en la mera intención de cálculo. No se me sube el pavo ni un poquito, soy apenas un grano de arena en una enorme playa.

No obstante, estoy contenta y agradecida por haber podido transmitir lo que sucedió y hablar de Rodrigo. Solo pretendía que se oyera nuestra voz de víctimas entre la vorágine mediática. Y un poquito lo he conseguido.

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Curso de novela

Se me está haciendo cuesta arriba seguir el curso de novela en estas fechas de sobrecarga laboral. Tanto, que lo habría dejado si no fuera Margarita su profe.

Me da urticaria especialmente leer los textos de los compañeros. Tengo hastío de lectura de exámenes y lo rechazo instintivamente, empiezo y apenas puedo pasar de las primeras líneas. Un desastre que no sé cómo resolver. Me he quedado sin demasiado convencimiento y ahora veo la contradicción.

En fin, me daré un poco más de tiempo para ver si evoluciona mi agotamiento y consigo volver a centrarme.