Después de la paliza en Egipto y con mi tendinitis aún activa, estos días no hemos salido a ningún sitio en especial. Y menos aún tras la la agotadora experiencia de hordas, tanto en Egipto como en las calles de Madrid. Buff, dan ganas de recluirse por una larga temporada.
Lo que estoy haciendo es reescribir los datos del viaje, que llevo apuntados en el block de notas del móvil. A la larga parecerá que los escribí en tiempo y forma, porque ubico temporalmente las entradas. Y no. Pero, bien está. Es una pequeña trampa de lo más perdonable 😉
Escribo poco por aquí. Porque estoy cansada y tengo pocas ganas, en general. A ver si mejora mi energía con un poco más de descanso.
Fuimos y volvimos a/y de Egipto. Con maldición faraónica de por medio, (tendinitis y gastroenteritis) y resultado totalmente agotador. Pero no me quejo, mereció la pena mucho, mucho, muchísiiiiiiiimo. Con Rodrigo y mi papá, sus grandes enamorados, en el corazón y en los labios. Y siempre de la mano JC y yo. Hay que ver cuánto nos reímos juntos 🙂
Respecto a lo demás, enumero temas, porque no me alcanza el ánimo:
Hice la segunda presentación, en la Casa de Asturias. Gentío y retraso, pero estupenda.
Hasta me compré un portátil nuevo. Una gozada que pesa poco y quiero llevarme conmigo a cada viaje.
Decepcionada de los cursos de la UC3, que nunca salen, estudio italiano en una app gratuita.
El curso de narrativa, en extremo populoso, avanza con pies de barro, pero interesante a pesar de los inconvenientes.
Mi proyecto 5 a medio gas. Ni siquiera segura del punto de vista. Aunque, eso sí, dispuesta a intentarlo mil veces.
Fin del reporte cuasi telegráfico. Hasta más ver 🙂
Por fin pudimos dormir bien una noche seguida, y tras un buen desayuno, con tiempo y ganas, recorrimos la ciudad.
La mezquita de Alabastro de Saladino y sus murallas, en primer lugar. Luego, el Museo Arqueológico, petado de gente, oscuro, caótico. Solo vimos unas pocas piezas. Del tesoro de Tutankamón no se podían hacer fotos 🙁
Comimos en un buffet, en medio de la ciudad, el único restaurante donde no nos sirvieron cerveza con alcohol de todos los que estuvimos. Y lo apunto aunque nosotros no bebimos cerveza en todo el viaje, solo por la anécdota de que Egipto es más abierto a costumbres occidentales.
Se puso a llover. No mucho. Por lo que decían, una cosa muy poco usual. Las primeras, y pocas, gotas que cayeron nos mancharon la ropa, porque el agua arrastraba polvo en suspensión, no sé si arena del desierto o algún contaminante. Curioso. Apenas hubo dos o tres conatos de chaparroncillo, de los que no necesitan paraguas, pero se agradecía la bajada de la temperatura. Y más después de los sofocos del desierto de las jornadas anteriores.
Después nos llevaron al barrio copto, paseamos por un callejón lleno de libros y fotos, y visitamos la catedral cristiana copta. Allí, en una cripta bajo el altar mayor, está la cueva donde le dijeron a santa Elena que vivió la sagrada familia cuando viajó a Egipto. Es un episodio evangélico del que están muy orgullosos los egipcios, ya sean musulmanes o cristianos (por lo que nos contó el guía también con cierta unción). Jolines con la santa, la de cosas que encontró.
Sentí el mismo escepticismo que en el año 2000, cuando visité Israel. Como entonces, me pareció que era cuando menos improbable haber conseguido localizar tantos, por no decir todos, los lugares exactos de tantos episodios de las escrituras. Por no contar que la habían engañado, a la pobre 🙁
Tras visitar un comercio especializado en esencias, nos llevaron al zoco y allí, entre multitudes y pedigüeños muy pesados, pasamos la tarde. Eso sí, protegidos por un guardaespaldas armado.
Tras la despedida de Ibrahim, cenamos y nos fuimos a la cama, porque el vuelo salía pronto y debíamos levantarnos a las 03:30 para llegar con los márgenes necesarios al aeropuerto.
Y así acabó nuestra semana en Egipto, de itinerario muy desigual. Yo le habría echado un día más en Luxor, para ver con calma Luxor, Karnak y el Valle de los Reyes. Y más horas, tras lo largo del viaje, en Abu Simbel. Pero, en fin, así son los viajes organizados.
Con mucho cansancio y sueño nos levantamos a las 06:30 y desayunamos en un buffet magnífico (el hotel tenía buenas hechuras).
Cruzamos la ciudad, era curioso ver las pirámides a lo lejos, entre vallas. Pero la decepción llegó cuando bajamos y vimos las multitudes. Estuvimos solo un rato breve junto a la pirámide de Keops, la única de las siete maravillas del mundo antiguo que todavía perdura. Estaba cerca la de Kefrén, pero nunca nos acercamos a esta última. Si lo hubiéramos sabido, habríamos ido por nuestra cuenta durante el escaso tiempo libre que nos dieron. Mikerinos siempre estuvo a lo lejos 🙁
La Gran Pirámide de Guiza fue construida alrededor de 2.600 a. con unos 2,3 millones de bloques de piedra, cuyo peso medio es de dos toneladas y media por bloque, aunque hay algunos que llegan a pesar hasta 60 toneladas. Originalmente estaba recubierta por unos bloques de piedra caliza blanca, pulidos, de varias toneladas cada uno. Mantuvo este aspecto hasta principios del siglo XIV, cuando un terremoto desprendió parte del revestimiento. Posteriormente, los otomanos lo utilizaron para diversas edificaciones en El Cairo. Tiene una altura de 146,5 metros. La parte enterrada (galerías y tres cámaras) se extiende hasta 10 metros de profundidad. Nosotros no entramos, no solo porque estábamos cansadísimos y los pasillos son tortuosos y agobiantes, es que había colas infinitas y se tenía que pagar un extra.
Luego nos llevaron a un lugar desde donde se veían las tres pirámides a lo lejos. Una disculpa para sacarnos de allí. Muy lejos, sí, cruzando el desierto con los autobuses, y otro lugar plagado de turistas y de vendedores pesados.
Finalmente fuimos a ver la Esfinge y la zona preparada para ello era tan pequeña y estrecha que íbamos casi en fila y totalmente agobiados. Apenas pudimos hacer unas fotos en condiciones porque ya era tiempo de comer.
Y como íbamos a viajar hasta Memphis, paramos en un local con mesas al aire libre y comida deliciosa. Fue el mejor sitio de todos los que estuvimos. Después llegamos a ver el Coloso de Ramsés II en esa ciudad y, finalmente, la necrópolis de Saqqara, que nos impactó.
Estuvimos en el complejo creado por el faraón Djoser (2667 – 2648 a.C.), un recinto amurallado, con la famosa pirámide escalonada de Imhotep dentro, que nos fascinó. Y vimos algunas de las tumbas recién encontradas, con bellísimos murales y bajorrelieves policromados. Toda esa necrópolis está aún por excavar y parece ser prometedora. Esta excursión extra mereció muchísimo la pena. Y a eso se añade que la disfrutamos el doble porque pudimos verla sin tener que pelear con multitudes.
Eso sí, a la hora de la cena, estábamos para el arrastre. Bajamos nuestros 33 pisos (nos tocó habitación muy arriba) medio adormilados y con el pelo húmedo, cuando nos tocó compartir ascensor con un grupo de mafiosos o similar. Unos tipos barbudos, muy bien afeitados y acicalados, de caras adustas pero elegante y destellosamente vestidos. El que parecía el jefe saludó los otros solo le rodearon y protegieron. Un cromo :O
Empezó la mañana con un paseo en faluca por el Nilo, una turistada con marineros nubios. Nos volvimos al hotel-barco en otro velero, mientras el grupo visitaba la aldea nubia y sus supuestas maravillas.
La comida ya nos aburrió del todo, pero estuvimos encantados de visitar Philae, excursión optativa que, menos mal, salió para todos.
Llegar hasta allí requiere su estrategia, pues es un templo ubicado sobre una isla del Nilo, al que hay que llegar en barco. Sin problemas. Había toda una flotilla de barquichuelos haciendo la ruta de ida y de vuelta, de distinto tamaño, antigüedad y catadura. Todo bastante peculiar y folclórico.
Philæ era el nombre de una isla situada en el río Nilo, a once kilómetros al sur de Aswan, célebre por los templos erigidos durante los periodos ptolemaico y romano dedicados al culto a la diosa Isis. La isla quedó sumergida en el siglo XX bajo las aguas embalsadas por la primera presa de Aswan, aunque bajo patrocinio de la Unesco los templos fueron desmontados, trasladados y reconstruidos en el cercano islote de Agilkia.
Que estuvo bajo las aguas se notaba en los frisos y en las edificaciones, pero la grisura posterior no les quitaba belleza. Según nuestro guía, las sacerdotisas de este templo eran capaces de conjurar la magia negra de las de Kom Ombo y similares.
El gentío, aquí también, en nivel «hordas avasalladoras». Agotador. Ojalá hubiéramos podido estar más tiempo.
De nuevo en Aswan, acudimos a una tienda de especias, donde compramos un café especiado y una infusión anti-estrés. Poca cosa encontramos interesante que comprar, todo parecía de puro baratillo.
Después de una cena rápida, fuimos al aeropuerto. El vuelo ya salía tarde (a las 22:00), pero se retrasó muchísimo. Y además, cuando por fin llegamos a El Cairo, hubo un cambio de hotel, con la consiguiente burocracia, de forma que nos tuvieron en el autocar esperando hasta que se resolvió.
Cuando por fin pudimos meternos en la cama, eran las 03:15, y teníamos que levantarnos a las 06:30. Acumulábamos cansancio sobre cansancio 🙁
Cuatro horas de ida y otras tantas de vuelta, el desayuno en una bolsa para comer en el autocar, cuando por fin llegamos y subimos la colina (artificial, hecha para albergar los dos templos) nos sorprendió muchísimo su tamaño. Y la cantidad de gente que lo llenaba todo. Nos tocó hacer incontables minutos de colas para verlo por dentro, y cuando por fin entramos, JC se sintió terriblemente alérgico por la humedad del interior. Tanto, que tuvimos que salir a escape. A cambio, disfrutamos de la suerte de una mañana nublada, porque en pleno desierto de Nubia, el calor podría haber sido tremebundo.
Abu Simbel es una obra del XII adC con dos templos. En el primero, el de los cuatro colosos, (que son representaciones del propio faraón), Ramsés II presumía de su victoria (no tan genuina como pretendía hacer creer) contra los hititas.
Ese templo fue construido con tal orientación que durante los días 21 de octubre y 21 de febrero (61 días antes y 61 días después del solsticio de invierno, respectivamente) los rayos solares penetraban hasta el santuario, situado al fondo del templo, e iluminaban tres de las cuatro estatuas sedentes, excepto la estatua del dios Ptah, el dios relacionado con el inframundo, que siempre permanecía en la penumbra.Tras el traslado del templo y por el desplazamiento del Trópico de Cáncer durante los últimos 3280 años, se estima que la incidencia solar se ha desplazado un día más cerca del solsticio, por lo que debería ocurrir el 22 de octubre y el 20 de febrero.
El templo menor de Abu Simbel está situado al norte del mayor. Está también excavado en la roca y dedicado a su esposa favorita, Nefertari. La fachada está decorada con seis estatuas, cuatro de Ramsés II y dos de Nefertari. Las seis son de igual tamaño, algo poco corriente, ya que las estatuas que representaban al faraón solían ser de mayor tamaño. La entrada conduce a una sala con seis columnas centrales, esculpidas con capiteles decorados con la cabeza de la diosa Hathor
Faraónica fue también la tarea de mover su ubicación, para que no los tapara la presa de Aswan. El rescate lo llevó a cabo un equipo multinacional de arqueólogos, ingenieros y operadores de equipo pesado que trabajaron juntos bajo el estandarte de la Unesco. Entre 1964 y 1968, todo el sitio fue cuidadosamente partido en grandes bloques (de un promedio de 20 toneladas y un máximo de 30 toneladas cada uno), desmantelado, elevado y reensamblado en una nueva ubicación 65 metros más alta y 200 metros más lejos del río, en uno de los mayores desafíos de la ingeniería arqueológica en la historia.
Lo que habría disfrutado mi papá allí. En los 60´s había seguido todo el traslado y era su lugar favorito. Pensamos mucho en él.
Volvimos agotados al barco, donde dormimos un poquito, y por la tarde Ibrahim nos paseó por la ciudad: catedral copta, mezquita, té y cachimbas en la terraza de un café popular, y una caminata entre coches, gentío y pedigüeños que habríamos preferido evitar. Una excursión extra innecesaria.
Mismas viandas para la cena, ya no sabíamos qué comer. Nos fuimos a dormir bastante agotados.
Desayuno pobre y demasiada gente, ya desde el buffet. Pequeño viaje en bus para ver el templo de Horus, de los Ptolomeos, con magníficos murales y bajorrelieves. Eso sí, mucho de ellos picados por el fundamentalismo religioso.
Me encantó el deambulatorio, o como se llame, absolutamente gigantesco, con la historia de Horus e Isis a lo largo de sus paredes. Nos contó el guía que allí se solían ubicar los enfermos que querían tratamiento y allí los atendían los sacerdotes.
De nuevo en el barco, para comida de similares características, pagamos dinero de propinas y de excursiones extra al guía Ibrahim. Y encargué una camiseta de jeroglíficos con mi nombre.
Después de unas hora de navegación y contemplar las variantes márgenes del Nilo, llegamos al templo de Kom Ombo, donde se nos hizo de noche y las luces le dieron nuevo empaque. Dedicado a los dioses Lobek (cocodrilo) y Haoeris, se cuenta que sus sacerdotisas se dedicaban a la magia negra.
Tras la cena nos invitaron a una fiesta, pero lo de bailar va poco con nosotros, y menos aún con mi tendinitis. Además de que ya estábamos avisados de que nos despertarían a las 03:00 para salir a las 04:00, única manera de recorrer los casi 300km hasta Aswan y disfrutar de Abu Simbel temprano en la mañana.
Madrugando a las 5:00 (para poder salir a las 6:00 y que cundiera el día), el desayuno fue muy flojo, y el resto del día, muy emocionante.
Karnak fue nuestro primer descubrimiento en el país y nos impactó. Nos emocionaron las columnas policromadas y los múltiples y magníficos jeroglíficos. Como era temprano, no había demasiada gente, cosa que agradecimos y comparamos después. Ya apretaba el calor y el gorro (con las consiguientes sudadas) era primordial para sobrevivir.
En Luxor también muy llamativas la murallas, los colosos, las columnas como palmeras, los patios porticados. Bellísimo.
Volvimos al barco a comer y luego cruzamos al otro lado del Nilo para llegar al desierto, al Valle de los Reyes, donde hay muchísimas tumbas excavadas bajo el suelo. El calor era tremendo, aun en noviembre. Cada tumba con su acceso, a menudo bajo múltiples escaleras, invitaba a visitarla, pero no teníamos tiempo para todas.
Vimos las de Ramsés I, Ramsés IV y Ramsés IX, todas ellas con magníficas pinturas y grabados murales, jeroglíficos y textos cuneiformes, pero siempre rodeados de turbas avasalladoras, de un gentío que nos acompañó todo el viaje ya desde aquí. Y que lo hizo, a menudo, más agotador.
Para movernos entre lugares, desde donde nos dejaba el bus hasta el lugar arqueológico, había unos cochecillos eléctricos. Así llegamos al valle de lo Reyes y al templo de Hatshepsut y sus tres terrazas. Aunque este último, al parecer de menos calidad, nos pilló ya cansados y faltos de tiempo, por lo que solo lo vimos de lejos, no llegamos a entrar.
Finalmente, hicimos una parada brevísima en los Colosos de Memnón, apenas para unas fotos, y hasta hubo gente que no se bajó del bus.
Regresamos al barco cansadísimos y yo muy dolorida. Desde entonces, tuve que tomar anti-inflamatorios y sufrí una tendinitis aquilea. Desde aquí, asimismo, conocimos el asedio de los vendedores pesados (cocodrilos, según el guía), que también nos acompañaron (distintos, pero siempre con las misma mañas) durante todo el viaje 🙁
Cenamos lo que se se llegó a convertir en la misma comida repetitiva y mediocre, con botellas de agua a 1€ y nos fuimos a dormir hechos un escombro, cuando apenas habíamos comenzado la aventura.
Nos llevó al aeropuerto un taxista del barrio que dijo llamarse Manuel y del que nos quedamos el teléfono para nuevas aventuras.
Ya en Barajas, (demasiado temprano, pero mejor ir con tiempo), conocimos a una pareja, José Luis y Victoria, aunque no hicimos migas con nadie en especial. Allí encontramos también a Miguel Angel, un guía pasota de conversación cuñadil, que se sentó a nuestro lado durante el vuelo, en los puestos 4a, 4b y 4c y fue nuestro acompañante institucional todo el viaje.
El vuelo era un chárter y el avión un boing bastante viejo, pero nos dieron de comer más que discretametne y con eso entretuvimos las cinco horas de tortura viajera en espacio pequeño.
En Luxor nos esperaba el guía local, un cincuentón, quizás sesentón, de nombre Ibrahim, que de primeras me pareció un buscavidas, aunque con el paso de los días lo llegué a considerar un buen tipo y un buen guía.
El barco, de nombre Royal Esadora, de supuestas 5 estrellas, no estaba mal, aunque nada que ver con los lujos acostumbrados de las navieras MSC o Costa.
Tuvimos dos camas gemelas, una de ellas (la mía) pegada a la pared, en la cabina 206, que estando en la planta principal nos facilitaba la vida en cuanto al asunto de subir o bajar escaleras. Al principio pensé que habríamos tenido mejores vistas de haber estado en plantas superiores, pero enseguida me acostumbré y, ciertamente, no había nada que desear al respecto.
Egipto no tiene wifi incluida en barcos y hoteles, así que compramos una tarjeta que pusimos en el móvil de JC y yo me di la semana de total desconexión. Una cura que no me vino mal.
Escribo poco aquí, me da pereza reseñar la vida cotidiana, y también la especial, porque voy haciendo cosas no tan habituales y tampoco. En fin. Hice una presentación en la FCPJH y salió muy bien. Ya está, recogido.
En breve nos vamos de viaje. Un poco preocupada voy, porque me resiento de dolencias varias, pequeñas pero molestas.
Espero tener tiempo y disposición para contarlo pronto. De momento, baste este resumen 🙂
Ahí tengo los carteles. A ver qué tal de público, por fin sin pandemia ni mascarillas.
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