





Por fin pudimos dormir bien una noche seguida, y tras un buen desayuno, con tiempo y ganas, recorrimos la ciudad.
La mezquita de Alabastro de Saladino y sus murallas, en primer lugar. Luego, el Museo Arqueológico, petado de gente, oscuro, caótico. Solo vimos unas pocas piezas. Del tesoro de Tutankamón no se podían hacer fotos 🙁
Comimos en un buffet, en medio de la ciudad, el único restaurante donde no nos sirvieron cerveza con alcohol de todos los que estuvimos. Y lo apunto aunque nosotros no bebimos cerveza en todo el viaje, solo por la anécdota de que Egipto es más abierto a costumbres occidentales.
Se puso a llover. No mucho. Por lo que decían, una cosa muy poco usual. Las primeras, y pocas, gotas que cayeron nos mancharon la ropa, porque el agua arrastraba polvo en suspensión, no sé si arena del desierto o algún contaminante. Curioso. Apenas hubo dos o tres conatos de chaparroncillo, de los que no necesitan paraguas, pero se agradecía la bajada de la temperatura. Y más después de los sofocos del desierto de las jornadas anteriores.
Después nos llevaron al barrio copto, paseamos por un callejón lleno de libros y fotos, y visitamos la catedral cristiana copta. Allí, en una cripta bajo el altar mayor, está la cueva donde le dijeron a santa Elena que vivió la sagrada familia cuando viajó a Egipto. Es un episodio evangélico del que están muy orgullosos los egipcios, ya sean musulmanes o cristianos (por lo que nos contó el guía también con cierta unción). Jolines con la santa, la de cosas que encontró.
Sentí el mismo escepticismo que en el año 2000, cuando visité Israel. Como entonces, me pareció que era cuando menos improbable haber conseguido localizar tantos, por no decir todos, los lugares exactos de tantos episodios de las escrituras. Por no contar que la habían engañado, a la pobre 🙁
Tras visitar un comercio especializado en esencias, nos llevaron al zoco y allí, entre multitudes y pedigüeños muy pesados, pasamos la tarde. Eso sí, protegidos por un guardaespaldas armado.
Tras la despedida de Ibrahim, cenamos y nos fuimos a la cama, porque el vuelo salía pronto y debíamos levantarnos a las 03:30 para llegar con los márgenes necesarios al aeropuerto.
Y así acabó nuestra semana en Egipto, de itinerario muy desigual. Yo le habría echado un día más en Luxor, para ver con calma Luxor, Karnak y el Valle de los Reyes. Y más horas, tras lo largo del viaje, en Abu Simbel. Pero, en fin, así son los viajes organizados.