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Madrid-Luxor

Nos llevó al aeropuerto un taxista del barrio que dijo llamarse Manuel y del que nos quedamos el teléfono para nuevas aventuras.

Ya en Barajas, (demasiado temprano, pero mejor ir con tiempo), conocimos a una pareja, José Luis y Victoria, aunque no hicimos migas con nadie en especial. Allí encontramos también a Miguel Angel, un guía pasota de conversación cuñadil, que se sentó a nuestro lado durante el vuelo, en los puestos 4a, 4b y 4c y fue nuestro acompañante institucional todo el viaje.

El vuelo era un chárter y el avión un boing bastante viejo, pero nos dieron de comer más que discretametne y con eso entretuvimos las cinco horas de tortura viajera en espacio pequeño.

En Luxor nos esperaba el guía local, un cincuentón, quizás sesentón, de nombre Ibrahim, que de primeras me pareció un buscavidas, aunque con el paso de los días lo llegué a considerar un buen tipo y un buen guía.

El barco, de nombre Royal Esadora, de supuestas 5 estrellas, no estaba mal, aunque nada que ver con los lujos acostumbrados de las navieras MSC o Costa.

Tuvimos dos camas gemelas, una de ellas (la mía) pegada a la pared, en la cabina 206, que estando en la planta principal nos facilitaba la vida en cuanto al asunto de subir o bajar escaleras. Al principio pensé que habríamos tenido mejores vistas de haber estado en plantas superiores, pero enseguida me acostumbré y, ciertamente, no había nada que desear al respecto.

Egipto no tiene wifi incluida en barcos y hoteles, así que compramos una tarjeta que pusimos en el móvil de JC y yo me di la semana de total desconexión. Una cura que no me vino mal.