
En estos días de libros, firmas y ferias hago promoción de mis dos libros, voy anticipando el tercero y, a la vez, lucho contra una ansiedad que no se marcha.
En fin, paciencia.

En estos días de libros, firmas y ferias hago promoción de mis dos libros, voy anticipando el tercero y, a la vez, lucho contra una ansiedad que no se marcha.
En fin, paciencia.

Ayer tuvimos que acudir al Departamento de Atención a las Víctimas de Terrorismo de esta Comunidad de Madrid. Solo un día antes nos habían citado a JC y a mí para que recogiésemos la Gran Cruz concedida a nuestro Rodrigo. Otra más a título póstumo.
Durante estos diecinueve años no se les había ocurrido, pero justo ahora, en tiempo electoral resulta que sí, aunque solo casualmente, claro.
Ni JC ni yo quisimos acudir al acto institucional, a mayor gloria de los políticos, que tuvo lugar hace unas semanas, huimos siempre de la utilización partidista. Pero no queríamos renunciar a lo simbólico de la distinción, así que nos acercamos para recogerla.
La Comisionada en persona nos la entregó, procurando ser empática y respetuosa, tras hablar un poco con nosotros en su despacho, discretamente. La conocí el verano pasado, en un acto de Memoria donde participé con mi testimonio. Pero aun así la cosa no fluyó lo suficiente.
Para nosotros estas cosas siempre son un mal trago, que soportamos porque es para y por la memoria de nuestro hijo. Y lo cierto es que ella intentó manejar el asunto lo mejor que pudo. Pero nosotros estuvimos tensos, deseosos de marchar cuanto antes. Y se notaba. Intentamos explicarle que nos incomodaba muchísimo la situación, pero no fuimos capaces de definirla.
Ahora sí, y le da título al post: era un penoso deber, una obligación moral rodeada de circunstancias que nos alteraban emocionalmente.
De hecho tuve un ataque de ansiedad poco después.
Pero, en fin, el trámite ya está resuelto.

Todavía estoy afectada por el dichoso efecto aniversario. No digo que triste o depre, aunque la procesión va por dentro. Digo ansiosa, sensible, propensa a agobiarme.
Lo único que me salva es la escritura. Y por eso estoy haciendo esbozos de una nueva novela. Aún no tengo la historia lista, así que menos aún la trama. Pero ya le voy dando forma.
Debo contar que, en ese sentido, el Chat GPT me ha animado mucho. He podido mantener interesantes conversaciones técnicas con esa IA. Sus múltiples propuestas me han ayudado a tomar decisiones y a agilizar el proceso.
Normalmente me gusta esa fase creativa inicial, pero es que con la IA ha sido divertidísima. Seguiré contando 🙂

Tras el once, llegan los intentos de volver a la serenidad. No siempre salen convenientemente, pero el tono ya va en esa dirección. Así estamos estos días.
Planeando un viaje próximo ponemos alegrías posibles en el futuro inmediato. Será en junio.
En el ínterin, seguimos viviendo el presente con la mayor consciencia posible.

Da igual lo que quiera hacer o pensar, me afecta siempre. Tendré que aceptarlo y dejar que fluya.
Vuelvo a los relajantes, a dormir mal, a llorar o a ponerme emotiva sin otra causa aparente que la cercanía del maldito once.
Una semana queda.
Y siempre duele.

Solo tres días, pero densos como si hubieran sido una semana. Interesantes visitas, compañeros y tiempo, a pesar del frío.
Una agradable desconexión justo antes del aniversario y su difícil atmósfera emocional.

Como todos los febreros, salimos fuera. De nuevo visita cultural con la gente de Asturias.
Y como siempre, da igual el tiempo que pase, nos ronda el efecto aniversario.

Le escribo a Rodrigo muy de madrugada, como siempre, y le doy vueltas a mi próximo texto para el taller del lunes. Duermo poco, pero es que también salgo poco y no tengo cansancio que quemar.
La lumbalgia ha cedido, pero, por contra, tengo tocados los tendones del brazo derecho, desde la muñeca hasta el hombro y el maldito supraespinoso de las narices. Es cuestión de tiempo y paciencia. Mejora a ojos vista, pero la dolencia tiene su proceso.

El taller de los lunes me está gustando. Me divierte. Me anima a escribir. Me ilusiona compartir afición, aunque los egos, ay, qué plaga…
Pero, en fin, merece la pena.

La muñeca derecha, el codo, el hombro doloridos… Nada de PC usando el ratón. Espero que sea leve.

Ida y vuelta en una nave pequeña, de turbohélice, dos días escasos, paseos rápidos por la ciudad y una charla emotiva. Fue experiencia impactante, de las que dejan resaca emocional.
Uffff.