
Ayer tuvimos que acudir al Departamento de Atención a las Víctimas de Terrorismo de esta Comunidad de Madrid. Solo un día antes nos habían citado a JC y a mí para que recogiésemos la Gran Cruz concedida a nuestro Rodrigo. Otra más a título póstumo.
Durante estos diecinueve años no se les había ocurrido, pero justo ahora, en tiempo electoral resulta que sí, aunque solo casualmente, claro.
Ni JC ni yo quisimos acudir al acto institucional, a mayor gloria de los políticos, que tuvo lugar hace unas semanas, huimos siempre de la utilización partidista. Pero no queríamos renunciar a lo simbólico de la distinción, así que nos acercamos para recogerla.
La Comisionada en persona nos la entregó, procurando ser empática y respetuosa, tras hablar un poco con nosotros en su despacho, discretamente. La conocí el verano pasado, en un acto de Memoria donde participé con mi testimonio. Pero aun así la cosa no fluyó lo suficiente.
Para nosotros estas cosas siempre son un mal trago, que soportamos porque es para y por la memoria de nuestro hijo. Y lo cierto es que ella intentó manejar el asunto lo mejor que pudo. Pero nosotros estuvimos tensos, deseosos de marchar cuanto antes. Y se notaba. Intentamos explicarle que nos incomodaba muchísimo la situación, pero no fuimos capaces de definirla.
Ahora sí, y le da título al post: era un penoso deber, una obligación moral rodeada de circunstancias que nos alteraban emocionalmente.
De hecho tuve un ataque de ansiedad poco después.
Pero, en fin, el trámite ya está resuelto.