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El cumple de Rodrigo y la graduación

Hoy, que es el cumple de Rodrigo, he tenido la Graduación de segundo de bachillerato. Al ser tutora de un grupo, además, me  tocó volver a hablar y estar sentada arriba, en la mesa, en el escenario del gran salón de actos del Conservatorio de Getafe.

Es esta mi última ceremonia de graduación como profesora en activo. Hubo antes de mí muchas intervenciones: la del director, cinco alumnos y un padre. Por ello intenté ser breve, menos mal, pobrecillos. Y hasta llegué a ser poética, jajaja,  aunque solo porque robé unas estrofas de «Palabras para Julia» de José Agustín Goytisolo.

Estaba cansada de la larguísima semana, pero no pude dejar de pensar en cómo se va acercando el día de la despedida, en un vértigo extrañador que manejo como buenamente puedo.

Procuro no agobiarme con ideas pesimistas, del tipo que voy cuesta abajo y que empiezo la etapa final. Lo primero, porque la muerte puede estar a la vuelta del camino en cualquier momento; lo segundo, porque  jubilación y júbilo comparten el mismo lexema y tener tiempo para mí y mis aficiones postergadas es motivo de alegría.

Resulta también que, de pronto, se apagaron las luces y el auditorio al completo le cantó el «cumpleaños feliz» a Julio, el director. Fue una sorpresa para él. Y para mí. Vaya, el mismito día que Rodrigo. No dije nada, pero me apropié de una parte de las felicitaciones y se las hice llegar a mi niño. Y hasta conseguí que no se me saltaran las lágrimas.

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Ansiedad

Sigo muy tensa, a pesar de la medicación. Cualquier cosa dispara la ansiedad. He borrado una antigua página, por ejemplo, en mi hosting. Es algo que debe realizarse con cuidado, sí, pero hacerlo apenas lleva dos minutos. Sin embargo se me han vuelto a disparar las palpitaciones. La experiencia hospitalaria ha sido  traumática por acumulación de agobios, no debería ser otra cosa, me dice mi mente razonadora. Pero el caso es que la ansiedad extrema brotó allí, me acompaña desde entonces y, como hace unos años,  no consigo acallarla.

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Puente de noviembre

Después de tres días laborables llenos de extras y tardes sobrecargadas, llegó el puente. Pero no para descansar. O no del todo, porque necesito concluir todas las tareas relegadas, cosa que parecía posible en estos aparentemente largos cuatro días. Sin embargo, ya solo registrar los cuentos (doscientas cincuenta hojas, noventa mil palabras, oiga, como una novela) me llevó el jueves y la mañana del viernes. Los revisé y coloqué juntos en un mismo documento (mañana del jueves)  bien clasificados por temáticas, pero los trámites on-line no fueron efectivos y  me hicieron perder una tarde inútilmente. Mi estrés no ayudaba nada. Grrrr. Al final tuve que ir en persona el viernes tempranito; una compra y hacer la comida terminaron de agotar esa mañana.

Dedicamos la tarde al descanso viendo películas, que bien nos lo merecíamos, pero yo no era capaz de desconectarme mentalmente de la lista de tareas. Creo que no me va a alcanzar el tiempo para todo lo que necesito dejar resuelto y me agobio. Estoy más estresada de lo normal, así que la ansiedad sube incluso por asuntos que objetivamente son poco significativos. Se suman unos a otros y amenazan con aplastarme como una bola de nieve, en origen pequeña, pero engrosada a base de rodar. Me levanto ya con ese runrún ansioso que conozco de antes,  aunque me tome algo por la noche. El lunes tengo que ir sin falta al médico.

Mientras tanto, resisto como puedo, buscando tontás que me distraigan, medio engañándome a mí misma. Es curioso comprobar cómo esa especie de super-yo se da cuenta de todo e intenta sobrellevarlo con lógica y paciencia. Es consciente, pero no controla la situación.

Escribo en las bitácoras, coso y hasta redactaré unos agradecimientos para mi manuscrito, pero no estoy al cien por cien y no sé qué tal saldrán todas esas cosas. Perfeccionismos aparte, haré lo que pueda. Y ya está.