Publicado en personal, reflexiones

Puente de noviembre

Después de tres días laborables llenos de extras y tardes sobrecargadas, llegó el puente. Pero no para descansar. O no del todo, porque necesito concluir todas las tareas relegadas, cosa que parecía posible en estos aparentemente largos cuatro días. Sin embargo, ya solo registrar los cuentos (doscientas cincuenta hojas, noventa mil palabras, oiga, como una novela) me llevó el jueves y la mañana del viernes. Los revisé y coloqué juntos en un mismo documento (mañana del jueves)  bien clasificados por temáticas, pero los trámites on-line no fueron efectivos y  me hicieron perder una tarde inútilmente. Mi estrés no ayudaba nada. Grrrr. Al final tuve que ir en persona el viernes tempranito; una compra y hacer la comida terminaron de agotar esa mañana.

Dedicamos la tarde al descanso viendo películas, que bien nos lo merecíamos, pero yo no era capaz de desconectarme mentalmente de la lista de tareas. Creo que no me va a alcanzar el tiempo para todo lo que necesito dejar resuelto y me agobio. Estoy más estresada de lo normal, así que la ansiedad sube incluso por asuntos que objetivamente son poco significativos. Se suman unos a otros y amenazan con aplastarme como una bola de nieve, en origen pequeña, pero engrosada a base de rodar. Me levanto ya con ese runrún ansioso que conozco de antes,  aunque me tome algo por la noche. El lunes tengo que ir sin falta al médico.

Mientras tanto, resisto como puedo, buscando tontás que me distraigan, medio engañándome a mí misma. Es curioso comprobar cómo esa especie de super-yo se da cuenta de todo e intenta sobrellevarlo con lógica y paciencia. Es consciente, pero no controla la situación.

Escribo en las bitácoras, coso y hasta redactaré unos agradecimientos para mi manuscrito, pero no estoy al cien por cien y no sé qué tal saldrán todas esas cosas. Perfeccionismos aparte, haré lo que pueda. Y ya está.

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