Publicado en personal, reflexiones

Días de extraña calificación

Me siento culpable de no aprovechar las horas, de no saber muy bien cómo se me escapa el tiempo, de no disfrutarlo. Es que no me cunde nada. Pero cuando me paro revisar el asunto con calma, debo admitir que están pasando muchas cosas que me sacan de la rutina. Y que mi productividad surge siempre de un trabajo metódico y un ambiente sereno que últimamente no consigo. Es necesario que reflexione sobre lo que está sucediendo a mi alrededor para ponerme en situación:

A ver. Lo primero reseñable y estresante fue el contrato con Valhalla. Le estuve dando vueltas unos cuantos días. Ya está resuelto, pero ha sido este mismo lunes. Y no cabe duda de que me ha sacado de mi ritmo habitual. Además, me ha dejado una semilla de desasosiego para más adelante. «Yo creo que para diciembre os podemos anunciar ya, antes de que comiencen las fiestas navideñas. Y en enero ya nos ponemos con los diseños de portadas, etc…» me escribió el editor. A ver cómo va. Siento emoción y ganas de que llegue este nuevo regalo de la vida. Pero a la vez un cierto respeto, una nueva responsabilidad sobre los hombros. Voy a hacer todo lo posible para promocionar la novela, pero estos tiempos no son muy propicios, ¿qué tal saldrán las cosas?

Señalo también, segundo apunte, el resfriado raruno. Ya no me da la lata, menos mal, pero tanto cansancio combinado con estrés, (una extraña y agotadora mixtura de la que espero salir ya pronto), me tienen exhausta. No es la mejor condición física para esta suma de circunstancias.

El tercer puesto, por orden cronológico, pero no de menos relieve, fue la emisión de Radio Gaga sobre el 11M. Tuvo lugar el jueves 26 a las 22:00, aunque acabamos de saber que se repitió anoche otra vez. JC y yo no hemos visto el programa y aún así los comentarios a nuestro alrededor, también emocionantes, han aumentado nuestra ansiedad y nuestro desconcierto. Esta, como la de Belfast, o las entrevistas por el libro, son experiencias a las que me someto por la memoria de Rodrigo, que me incomodan siempre, que soporto porque condidero necesarias. En el proceso siempre me afectan emocionalmente y cuando estoy en plena situación me arrepiento mucho de meterme en esos charcos. Luego, pasado el agobio, comprendo que son buenas decisiones, que sirven para ese propósito de recuerdo y reivindicación. Pero suponen un fuerte desgaste.

El cuarto lugar es para la jornada de arreglos domésticos que sufrimos durante todo el viernes. De 8:00 a 17:00 fuimos nuevamente invadidos por tres operarios que revisaban y terminaban los retoques últimos de la obra del tejado que nos hicieron en julio. Tenían prisas por irse de vacaciones de verano en aquella ocasión y dejaron para el otoño, (septiembre supuestamente), estos flecos. Hubo que proteger suelos y muebles previamente. (JC hizo un trabajo metódico que le agradezco muchísimo). Y hubo que retirarlos luego y limpiar todo de nuevo, después. (Aquí colaboramos JC y yo, aunque él se encarga siempre de lo más duro, es un encanto). Lo bueno fue que terminaron en el día, (en principio nos anunciaron que necesitaban dos) y pudimos irnos a dormir con la casa ya en condiciones aceptables.

Por si fuera poco, quinto estresor, los vecinos del 7 emprendieron una obra ayer sábado, el día siguiente. Sin que pudiéramos terminar nuestras limpiezas exteriores, se pusieron a cortar con radiales y a picar con martillo neumático en su patio, (justo una medianera de nuestro jardín). Excepto retirar los posibles restos de cemento del techo acristalado del porche, (que JC hizo ya casi de noche, cuando no incomodaba a nadie), todas las demás operaciones limpiadoras de la susodicha zona quedan suspendidas hasta que la obra termine.

Esa es otra que, finalmente acaba medio bien, pero muestra dos formas totalmente distintas de afrontar los escasos cien metros cuadrados de terreno vallado de los que dispone cada casa en esta urbanización. Nosotros tenemos césped, árboles y yedra en las vallas, nos encanta la vegetación y las sensaciones de pequeño jardín, de pedacito de naturaleza. Ellos pusieron losa en dos tercios y dejaron el resto para unas plantas que no pudieron, quisieron o supieron cuidar y que ahora retiran. Tienen una fobia rara a «los bichos», lo que quiera que sea que ellos consideran tales. Por eso, su obra nueva es rehacer como solado toda la superficie y cambiar el vallado de malla metálica por paredes de prefabricados de hormigón y chapa galvanizada. Nos propusieron eliminar la malla y la yedra, pero no nos gustaba nada la propuesta. Eso dejaría nuestro jardín hecho un horror. Así que, final y amablemente, han decidido levantar la valla de prefabricados por su lado, respetar lo que hay al fondo y compartir valla de prefabricados con A y C, los vecinos del 9, que sí han retirado el mallazo al efecto.

Supongo que de estas aventuras vecinales seguirá habiendo más entregas. No he escrito ni una línea desde el miércoles, pero hoy me he explayado a gusto, por todos los días que no lo hice, jopletas, qué barbaridad. Y aún me faltan algunas reflexiones sobre cotidianidades como lecturas, cursos y paseos, que tengo que dejar, obviamente, para otras entradas. Hasta entonces.