Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Viernes 29 de mayo de 2020

Hoy es el segundo día que despierto sola, en mi lado de la cama, demasiado vacía sin JC. Es un hueco emocionalmente grande, que me hace pensar en la soledad de los que pierden a su pareja.

Ahí es fácil llegar a vernos, más a nuestra edad que empieza a ser provecta, y mucho más aún si pensamos en la pandemia en que vivimos. En teoría, tenemos un cincuenta por ciento cada uno de nosotros de quedarnos solos. O uno u otro. Es raro que podamos irnos los dos a la vez. Pero, qué digo, por estadística y como mujer, seguro que yo tengo algunos puntos más. Hay más viudas que viudos.

Y aunque él se ofreció a dejarme pasar antes a mí, como buen caballero, los dos sabemos que no se nos da a elegir. Y se me llena el alma de miedos, y me pongo triste, y estoy deseando que vuelva hoy, pero para quedarse, no como anoche, que apenas pasó por casa dos o tres horas. Aunque se lo agradezco, yo lo que quiero es que se quede todo el rato, que se confine conmigo un poco más.

Le digo que no se preocupe, que estoy bien aquí, que aguante y resuelva lo que corresponda, que le apoyo en todo, que venga cuando pueda, pero que no se sienta culpable si no puede venir. Y es verdad. Y los dos resistimos, cada uno en su trinchera. Le espero dentro de unas horas, posiblemente esté aquí antes de que empiece mi clase.

Porque hoy es viernes y tengo videoconferencia (descubrí hace poco que se escribe junto y sin tilde). Solo quedan cinco sesiones. La de hoy, que es la última de mayo, y cuatro más de junio. Somos cada vez menos. No sé si vamos a llegar.

La de hoy es una sesión difícil porque es el final de la novela. Y es áspero meterse en la cabeza de un machista sicopático. Tampoco creo que pasen un buen rato con la lectura mis pobres compañeros. Sin embargo lo que más difícil me resulta es esta ausencia de JC, que se me hace más patente después de haber compartido dos meses y medio de confinamiento.

Siguen el calor y los 30°C. Se acaban las clases y llegan los exámenes. Pobres mis compañeros, de la que me libré. En poco llegarán profes nuevos a las plazas de plantilla, la de G, que nunca se ocupó, y la mía. Y se jubilarán otros pocos, y me iré alejando emocionalmente del instituto, aunque esté tan cerca de casa.