Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Jueves 28 de mayo de 2020

Otro mes que se acaba, parece increíble. Son las 7:26. Anoche me dormí tardísimo, esperando noticias del pobre JC, que tuvo que salir pitando porque su madre se había caído en casa y los de Cruz Roja iban en su rescate. Menos mal que al menos hicimos esa gestión de ayuda y teleasistencia, porque la ambulancia llegó en quince minutos. Llamaron a las cinco y media, informando de lo sucedido, y estaban allí a las seis menos cuarto.

Se la llevaron a La Paz. Y allí se fue también JC, pero no le dejaron pasar a verla. En parte porque andan todavía colapsados, en otra como medida de protección. El coronavirus tiene a la sanidad aún más tensionada que antes. Sigue atendiendo urgencias como puede, con pocos medios, como ya vimos hace unos meses con la misma Ela o con Javier. Pero es que ahora una parte sigue dedicada al dichoso covid19, así que la situación es límite.

Sobre las doce le dieron el alta y JC se la llevó a su casa y se quedó a pasar la noche con ella.

Así que me despierto sola por primera vez en muchísimo tiempo. Así son las cosas, que en un instante dan la vuelta a tu vida. Veremos qué se puede hacer. Yo hace meses que le habría puesto una cuidadora. Una que nos recomendaron y podía quedarse a dormir si era necesario. Sin embargo sus hijos prefieren contratar a través de una empresa pequeña, que conocen de no sé qué.

Mala situación, mala alternativa. O dar de alta a una desconocida, solo por referencias de C, la chica de confianza de mi hermana, y meterla en casa día y noche. Dar dinero a un intermediario que a saber en qué condiciones contrata a qué pobre gente. Y a saber qué rotaciones, qué otras visitas a ancianos, qué medidas de seguridad implementa. Y meter a varios desconocidos en su casa día y noche.

Para mañana, en todo caso, le tocaría el relevo a JM. Tendrán que organizar turnos mientras les llega una solución. Menuda papeleta.

Hace sol. Se esperan máximas de 30°C. Ayer terminé mi segunda novela, que no llega a las 32.000 palabras. Fue duro meterme en la cabeza de un machista maltratador y asesino. Hoy lo reviso. Lo hice poco empático. Sin pena ni remordimientos. Quizá debería incluir algunos. Lo someteré al escrutinio del grupo.