
Da igual que hayan pasado diecisiete años, las fechas son difíciles, qué maldito filo tienen los aniversarios.
Como estaba previsto, G, JC y yo estuvimos juntos todo el día 11. Desde temprano, en los actos de la estación de Atocha. Luego, durante una visita rápida para poner flores en su tumba. Finalmente, para la comida y la sobremesa, nos quedamos en casa. En estas circunstancias de COVID-19 no nos parecía conveniente salir a comer fuera.
Y así estuvimos, con las precauciones de esta maldita pandemia (distancia, ventanas abiertas, mascarillas…). Pasamos el resto del día juntos los tres, ahogando el agobio con charlas insustanciales, sintiendo qué pocos somos desde que Rodrigo no está. Pero todo era ajeno, raro. Nuestras ansias de normalidad no resultaban, aunque estaba clarísimo que no era por falta de esfuerzo.
Menos mal que contamos siempre con la cercanía de los amigos, que en las redes sociales, durante toda la jornada, son un bálsamo curativo. Diecisiete años son una enormidad, son mucho tiempo, pero ellos siguen ahí, acompañándonos. Incluso aunque para muchos ese cómputo sea la mitad de su vida. Procuro agradecérselo siempre, a todos, uno a uno. Ojalá fuera capaz de transmitirles lo que significa para nosotros su compañía y su recuerdo.
He dormido poco. Amanezco cansada este viernes 12, con recuerdos traumáticos que regresan insistentes, aunque los procure evitar. Revivo, sin poder remediarlo, los momentos en que corroboramos que Rodrigo era una víctima. Y fuimos a buscarle a la morgue improvisada en el IFEMA. Una mañana como hoy. A estas horas, diecisiete años atrás. Las fechas coinciden. Hace todo este largo tiempo de ausencia también era viernes, 12, como hoy. Me cuesta un gigantesco esfuerzo emocional alejarme de tan horribles sensaciones.
Por eso me refugio en la lectura. Otras veces (muchas, en diecisiete años) me ha servido para evadirme; pero esta vez no, en esta ocasión no funciona. No hay trama novelesca que me atrape, los periódicos me alteran aún más. Luego me digo a mí misma, como entonces, que poco a poco, que solo respiraciones lentas, unos pasos cortos, sin agobiarme por lo que pueda suceder mañana. Como entonces. Como las primeras horas, los primeros días, meses, años…
Son las siete. Ya he leído las noticias, enloquecedoras en lo político, con elecciones por sorpresa, en esta crisis sanitaria. Lo esperable del fascismo oportunista, que quiere intentar un nuevo asalto en la comunidad de Madrid y no le importa el reguero de daños colaterales que pueda provocar. ¿Le ha importado alguna vez? ¿Acaso no es una actitud continuamente repetida?
Ya toca reemprender lo cotidiano. A ver si me sale medianamente. Buenos días.