Publicado en reflexiones

El tiempo vuela

Pasan los días a todo correr, y más estos en que andamos solventando marrones. Queremos dejarlos resueltos este mismo finde. A ver si hay suerte.

Y, claro, con tanto ajetreo, he perdido el ritmo de lo cotidiano, las horas creativas y la serenidad de espíritu. Como siempre, luchando contra mi carácter de responsabilidad excesiva, intento no agobiarme. Sé que llegarán nuevamente, que hay que adaptarse a las necesidades de cada momento, y que ahora toca esto. Pero me cuesta. A mis años ya es difícil cambiar.

También sucede que me da pena el parón creativo. Porque llevo dos semanas sin hacer vídeos, escribiendo poquito y leyendo solo el periódico. El martes, incluso, tuve que saltarme la cita del Club de la Biblioteca (en el último momento se me complicó). Lucho por no estresarme. Me digo que las actividades que ahora disfruto son para pasarlo bien, no obligaciones. Pero me agobio.

Para más inri, me he despertado a las 03:30. Normalmente duermo pocas horas, pero lo de hoy ha llegado al extremo. Estoy entre dolorida (una molesta lumbalgia), agobiada y espesa. Tengo sueño, pero no me vuelvo a dormir. Estas fechas prenavideñas y las amenazas del coronavirus, además, no ayudan. Pero no me peleo con las circunstancias. Vendrán tiempos mejores.

Y al menos puedo alegrarme de seguir al día con las clases de la FCPJH. Y de haber disfrutado del comentario de la última lectura. En todo este jaleo vital, ha sido un paréntesis estupendo.

El lunes 21, que será la última sesión, llevo mi segundo capítulo a debate. A ver qué me cuentan el profe y los compañeros. El personaje colectivo, los tipos tópicos, y el narrador equisciente saltando de uno a otro, son mi seña de identidad en la novela previa y en esta. Tengo interés en comprobar cómo lo siente este nuevo público que puedo pulsar.