
Son las seis y media de una mañana lluviosa. Ayer apenas adelanté un poco en mi nuevo vídeo didáctico, siguen sin cundirme las horas. A las once fue mi primera reunión por Zoom con el Club de Lectura de la Biblioteca municipal de la que ya escribiré, supongo, más adelante. Y luego me acerqué a ver a mis compañeros, especialmente a Manuela, que se despedía de la docencia en pleno mogollón pandémico. Solo estuve unos minutos, lo que es saludar, escribir una dedicatoria, ver los regalos que le hacemos entre todos, charlotear con los más amigos y volverme a casa. Ni siquiera piqué algo. Estuve fuera, en el porche lo máximo posible y no me quité la mascarilla FFP2.
Ayer, también, B se armó de valor y pudo ver el programa de Radio Gaga sobre nuestro 11M. Aprovechó que tenía turno de mañana y llegaba a casa antes que G para hacerlo sin él, que no quiere y/o puede. Y la mi pobre lo pasó mal. Se pegó una llorera. Cuándo seré capaz yo de decidirme también a verlo, no lo sé. Tiempo al tiempo.
Hoy me propongo volver a un buen ritmo, a trabajar seriamente, después del largo fin de semana. Aunque toca hacer la compra, y por ello no dispongo de toda la mañana, algo cundirá. Tampoco es cosa de estresarme, ni de tanta autoexigencia, me digo. Pero, ufffffff, me cuesta mucho ser indulgente conmigo misma. Y me culpo de no avanzar tanto como en otras ocasiones.
Las siete ya. Hasta las nueve, que abren el híper, me da tiempo a hacer alguna cosilla. Buenos días.