Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Miércoles 13 de mayo de 2020

Son las siete y cuarto, he leído las noticias, apunto aquí unas líneas y me propongo terminar un capítulo que tengo casi a puntito de caramelo. Últimamente escribo con más fluidez.

Ayer fuimos a la compra, por primera vez en ocho semanas podíamos ir juntos en el coche. Cargamos un carro cada uno. JC de botellas y yo de comida. Las largas colas para pagar en la caja fueron lo peor. Se nota más público y las medidas de distanciamiento ralentizan mucho.

Las calles también se ven mucho más llenas. Y va casi todo el mundo con mascarilla incluso en el paseo. Me pregunto cómo será esa nueva normalidad los próximos meses. Tengo la sensación de que un porcentaje de gente cree que el final ya está casi conseguido y se relaja demasiado. La actitud camorrista y reventadora de la derecha propicia la irresponsabilidad de sus seguidores. De la inflamación del odio y la mala baba, mejor ni hablamos, para que no nos infecte como a ellos.

Hoy, trece de mayo, pero en 1984, Rodrigo se lanzó a andar. Lo recuerdo porque mi madre estaba en la escena. Se pasó la mañana cantando la canción de la Virgen de Fátima y que le parecía una maravillosa coincidencia.

Ay, Rodrigo.

Buenos días, ayer llovió lo indecible, hoy parece que habrá nubes y claros. Bajan la curva de la pandemia, el número de fallecidos y de nuevos infectados. Llevo 323 días seguidos escribiendo en este blog.