
Sé que es repetirme, pero cada vez que escribo la fecha me impacta constatar el paso del tiempo. Ya han pasado nueve días de mayo, como se nos marcharon los últimos de marzo y al completo los de abril. Tempus fugit ineluctabile.
Leo en La Vanguardia que en el ejército se están preparando para dos rebrotes de esta pandemia maldita, uno a finales de otoño y otro en el invierno siguiente. Yo contaba con el primero, no se me ocurría un segundo, aunque, bueno, podría ser. Mi estupefacción fue que no quedaba claro si se refería al año 2021 o al 2022. Jopletas, ¿tanto tiempo? La nueva normalidad que nos espera va a ser más ardua de lo que imaginé.
Estamos en fin de semana así que me centro en mis afanes PowerPoint. Pero también voy madurando cómo avanzar la novela. No le quedan muchos capítulos, pero son los más cruciales. Y los más difíciles de escribir. Lo que más complicado me resulta es darle voz a mi malvado particular. Para ello necesito pensar como un tipo embrutecido por el alcohol. Llega a ser doloroso. Y quién me manda a mí sufrir por capricho escribidor… Es lo que me pasa por meterme en estos fregados. En el pecado llevo la penitencia.
No he vuelto al ejercicio, tampoco salimos a pasear. Nos hemos acostumbrado a quedarnos en casa. Sin embargo iré a la compra el lunes o el martes. Y a la peluquería. Incluso a la piscina para conseguir los nuevos carnets, pues toca renovarlos este año. Me propongo recobrar los buenos hábitos de bici y bailes. Y paseantes, vale, prometido. Puede que suene a disculpa barata, pero es que las calles agobiadas de gente no invitan a caminar.
Son las 7:15. Llevo 320 apuntes seguidos en este diario. La mañana se muestra gris, con amenazas de lluvia. Buenos días.