Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Domingo 26 de abril de 2020

Son las ocho. Escribo la fecha y compruebo que se acaba abril a marchas forzadas. No creo que este confinamiento llegue mucho más allá de mediados de mayo. Aunque la desescalada sea paulatina, espero que podamos dar una vuelta, que es lo que más echo de menos.

Hace un mes que no salgo de casa, ni a la compra, ni siquiera a tirar la basura. Siento inquietud. No quiero seguir confinada, pero tampoco que se acabe esta situación tan curiosa. La casa me ha arropado y es un lugar seguro. ¿Qué me espera ahí fuera? Son sensaciones contradictorias.

He empezado a trabajar en PowerPoints sobre mi asignatura. Por fin tengo una idea técnica que puedo controlar medianamente. No sé cuánto tardaré, no tengo prisa y sí toda mi jubilación por delante para dejar mi modesto legado profesional. Voy solventando detalles sobre la marcha lo mejor que puedo, disfrutando del trayecto, además.

Por dejarle un espacio y por cambiar de actividad, he decidido escribir de lunes a viernes. Hago, en cambio, las presentaciones durante el fin de semana. De momento es picar piedra. Hasta que no tenga una buena cantidad de material no sabré cómo articularlo todo junto. Y entonces entraré en las cuestiones de sonido. Eso también tendrá sus dificultades, así que voy a estar de lo más entretenida.

Como siempre, leo noticias. También ando enganchada a una trilogía de novelas de calidad bastante mediocre, aunque entretenida. Me hacía falta sumergirme en otros textos además del mío. Después de varias novelas de los cincuenta y sesenta, de autores muy reconocidos, me viene bien la levedad de un bestseller. Incluso con sus defectillos de traducción.

Sigo bien mis entrenamientos y la dieta. Empiezo a vislumbrar la salida de este encierro y me apena que JC tenga que regresar al trabajo, me apetecía compartir ya con el tiempo todo el rato. Será pronto, esperamos, en cuanto él también se jubile. Este confinamiento nos ha servido para hacernos una idea de lo que podría ser. Y nos gusta. Excepto el encierro, claro.