Publicado en diario del confinamiento, reflexiones

Viernes 17 de abril de 2020

Son las 8:23, está nublado y amenaza lluvia. Esta última semana llueve a menudo y la temperatura ronda unos agradables 20°C. La camelia todavía tiene flores. Nos lleva alegrando la vista desde que volvimos de Belfast y nos la encontramos hecha una maravillosa sorpresa cargada de color rojo. Supongo que las flores duran tanto porque no aprieta el calor. Por contra, las orquídeas van con retraso, tienen varas de flor y brotes a punto, pero todavía no han florecido. Les falta sol.

Hoy tengo mi cita narrativa, y hasta he avanzado de más, dos caras de un capítulo complicado e interesante a la vez. Me han venido bien los días de descanso. Aún así, creo que esta novela no será muy larga. Estoy contenta y animada con ese trabajo escribidor, lo único creativo que hago. No me cunde como antes. Y no me refiero a antes de la pandemia, sino a otro muy general. Cuando era más joven. O estaba en activo. O Rodrigo no nos había sido arrebatado.

Podría ponerme a otras cosas creativas, como coser o pintar. Debería buscarme un rato para la lectura. Estas son algunas frases que me digo, mientras reflexiono sobre el hecho de que hablo sola, tengo un diálogo interno conmigo misma.

Pero, bueno, algo leo. He leído el periódico un largo rato, tecleo una hora y pico más tarde, aunque eso es todo lo que leo últimamente. Tengo la concentración alborotada y nada de ficción me apetece. Incluso leo por encima algunos artículos. Y en diagonal, solo escaneándolos, los que de pronto se me hacen bola. Siento que a ese respecto mi cerebro está un poco sobrecargado.

A cambio, la bicicleta estática es ya mi rutina. Y bailar. Cultivo un trabajo físico que me sorprende, que nunca me caracterizó. Tiempos extraños, situación excepcional, circunstancias ajenas a mis costumbres habituales. Será cosa del confinamiento.