Sigo anotando aquí aunque no se me ocurre demasiado nuevo que contar. Llevo dos días sin hidratos. He vuelto a ser buena y a comer solo verduras y proteínas, y además reduciendo las cantidades. No es una dieta estricta, no quiero bajar mis defensas, pero sí menos irreflexiva. Espero mantener mi propósito. Llevaré la cuenta aquí, en este diario para todo.
Mi novela avanza despacio, repaso mucho, recapacito, encuentro errores, los soluciono… Me agobia algunas veces, parece que se me ha convertido en una obligación cada vez más pesada. Y empiezo a sentir deseos de librarme de ella. Pero no me dejo engañar por la desidia de los confinamientos. Si lo hiciera, entonces, ¿a qué dedicaría mi tiempo? Si esto no me cunde, ¿hay otra cosa en la que ser más eficiente? ¿Existe alguna otra actividad que eche de menos y no hago por culpa de la escritura? Preparar vídeos con presentaciones didácticas, me digo a mí misma. Ya. ¿Seguro? ¿Y por qué ni siquiera lo intento, en qué se me van las horas?
Es lo más llamativo de estos últimos días, que pierdo el tiempo, que cuanto menos hago, menos me apetece. Paso revista a lo que hice ayer para comprobarlo. Hago una lista:
- Leer el periódico
- Escribir y mantener las bitácoras
- Continuar la novela
- Domesticidades varias
- Ver unos episodios con JC y charlar con él
- Escribir otro rato
- Redes sociales, vídeos
- Más domesticidades
Cuando compruebo esas acciones, veo que tampoco es que haya desperdiciado el tiempo. Puede ser que ya no sea tan eficaz, pero tampoco es cosa de no permitirme un poco de entretenimiento. Creo que las horas productivas van menguando porque el encierro embrutece. Me temo que es puro instinto intentar distraer la mente, olvidar todo esto que nos pasa, que está ahí, que sabemos que nos asusta y que por eso no lo dejamos salir a la superficie.
Vaya, me parecía no tener nada que contar y me ha salido esta larga reflexión. Qué cosas. Ahí voy. Me lanzo a por un nuevo día.