Me gusta tener cerca a JC cada día. Aunque andemos en puntas opuestas de la casa, cada uno enfrascado en sus actividades, esta reclusión se parece a unas vacaciones. Nos faltan las caminatas y las visitas culturales, por supuesto, y no olvido la gravedad de esta crisis sanitaria. Sin embargo, me sirve de experiencia vital para hacerme una idea de lo que sería estar jubilados los dos.
Pero, lo que decía, no quiero pasar por insensata. Sé que esta situación es de emergencia, que hay personas sufriendo y muriendo, que estamos en alarma, que no sabemos cómo ni cuándo va a terminar. Por supuesto que no se me está olvidando.
Intento avanzar en mi proyecto narrativo. Lo hago a base de disciplina, porque ahora mismo no es lo que me apetece escribir. Lo dejaría a un lado si se me ocurriera otra cosa más ilusionante. No es que de pronto me haya surgido una nueva inspiración. Simplemente me siento alterada y me cuesta centrarme. Por eso sigo. Porque un horario y un ritmo me son imprescindibles.
Lo único nuevo que me ronda la cabeza es hacer vídeos didácticos, sencillos, de ayuda docente. Los que llevo posponiendo seis meses porque no me alcanza la técnica y no quería que fueran un churro. Ahora que podrían ser medianamente aceptables por la situación de cuarentena, debería lanzarme a ver si realmente soy capaz. Y si sirven para algo.
Demasiadas cosas para tan poco tiempo me parecen. Lo intentaré. Empiezo por darme una ducha y desayunar. Luego avanzaré unas cuantas líneas, después me pongo ante la cámara y hago mis primeras pruebas. Ahí voy.