Son las siete del segundo día en Asturias. Estamos hospedados en Oviedo, en el aparthotel de siempre. Esta vez en la séptimo planta, con mucha luz y unas hermosas vistas sobre la ciudad. Además de una enorme terraza con tumbonas.
Ayer fue un día productivo, pleno de acciones: el viaje hasta aquí, agradable y sin contratiempos, la recogida de Moncho, la llegada a Gijón y su mar embravecido… Luego la comida con más amigos, una copa frente a ese Cantábrico invernal, las aproximaciones al lugar del evento, las pruebas de imágenes y sonido una vez nos aposentamos. Un no parar.
La presentación se hizo en un enorme salón de actos muy hermoso, el del antiguo instituto Jovellanos. Marta y su cuidado texto sobre el libro de Rodrigo me antecedieron durante unos quince minutos. Finalmente llené una media hora más con mis imágenes de PowerPoint y algunos de mis textos preparados al efecto. No todos, para no hacer el asunto demasiado largo.
Ya en Oviedo, que está a unos treinta kilómetros, dejamos a Moncho cerca de su casa. Luego cenamos JC y yo, con tranquilidad, a pesar de un partidazo de fútbol y las pantallas gigantes, y los hooligans que cantaban los goles. Fue más pantagruélicamente de lo previsto, porque aquí las raciones son enormes, así que volvimos al hotel rodando, como bolas, ahítos sin haberlo pretendido.
Y ya en pijama dimos las buenas noches a Gonzalo. Nos acostamos más tarde de lo usual, sobre las once y media. Me costó mucho coger el sueño. Al final es que salir mi zona de confort me altera. No conseguí dormirme hasta la una. A las seis, qué mala suerte, el móvil de JC empezó a quejarse. Y ya no he podido volver a engancharme con Morfeo. Esta noche me caeré de cansancio, seguro.
Pero esa es otra historia. Ahora, en breve, toca una excursión con visitas artísticas y arquitectónicas con el grupo de Pensionistas, comida incluida. Hemos quedado con Monchu a las nueve y cuarto. Luego repetiremos el mismo sistema: nos acercaremos a Avilés y tomaremos un chisme hasta la segunda presentación.