Publicado en reflexiones

Domingo 23 de febrero de 2020

Vaya, hoy es un 23F de infausta memoria. Tecleo medio grogui, necesitada de sueño, porque nos acostamos tarde anoche y apenas dormí cinco horas. Soy de despertares tempranos, mi organismo no sabe salirse de sus horarios establecidos. Aunque se quede corto de descanso.

Llevo tres días sin avanzar en mi novela. Hoy tampoco se presenta viable y supongo que mañana será el único en que pueda. Los siguientes prácticamente hasta el once estarán plagados de actividades. Y hasta ahí puedo anticipar.

Mi primer proyecto está terminado después de siete finales distintos. Lo retoqué con las aportaciones de una única lectora cero y la profesional. Ahora necesitaría otra vuelta, pero ¿a quién dirigirme con otra novela mediocre más?

Síndrome del impostor o comparaciones odiosas, nada me parece tan defendible como el libro de Rodrigo. Así que no sé si mi humilde primera novela merece ser luchada o es mejor dejar que se pudra en el olvido. Me digo a mí misma que al menos intentarlo un poco, por rentabilizar las horas de trabajo. Pero, lo reconozco, me faltan ambición y me inunda una pereza infinita.

Tengo ya una edad en la que desde luego ni voy a ser descubierta como autora, ni podría ponerse en mí la esperanza de una carrera con tiempo por delante. Solo es una afición que tuve que posponer hasta estas alturas jubilatorias por exceso de trabajo. Y que intento aprovechar mientras me duren unos pocos años de lucidez.