Publicado en reflexiones

Sábado 23 de noviembre

Ayer, cuando iba en coche camino de la estación para mi curso de EdE, me llamó JC y regresé a casa. Javier estaba en sus últimas horas.

Me recogió, también a Ela, y nos plantamos en San Camilo. Al poco llegaron G, JM y R.

J estaba sumido en la inconsciencia, respirando con ese «ronquido» característico del estado terminal. Ya muy sedado, poco a poco se apagó.

Lo llevaron al tanatorio de La Paz sobre las ocho y media. Hoy volvemos allí y será incinerado a la misma hora esta tarde. JC, JM y G llevarán sus cenizas a Siete Picos cuando sea posible, supongo que en primavera, porque ahora está todo nevado.

El tiempo se ha ralentizado. Sentimos los tres que andaba yendo y viniendo, y le acompañamos en el tránsito. «No estás solo aquí y no lo estarás al otro lado, allí te están esperando» le decía yo mentalmente. Y sentía que hacía por irse pero no podía desprenderse de su carcasa. En cuanto se marchó, dejé de tener esas sensaciones. Ahora ya no intuyo nada.

Me rondan la angustia existencial, la constancia de la propia mortalidad, el dolor por la muerte de tantos seres queridos, la impotencia, el miedo, la certidumbre horrenda de que no somos nada aunque se nos olvida para poder vivir.