Son las seis. Siempre me despierto muy temprano. Tengo la suerte de dormir de un tirón, con profundidad cada noche. En la perimenopausia tuve problemas de sueño. De unos años a aquí, sin embargo, ha cambiado la tendencia. No llego a dormir ocho horas, pero no las necesito. Me levanto muy descansada y energética, animada, con ganas de hacer cosas. Es una suerte que disfruto sabiendo que en la vejez, por definición, se duerme a ratos y que eso podría sucederme más adelante.
Oigo una alarma en la cocina. Es la yogurtera que ha terminado su racha nocturna. Intento mantener el peso comiendo lo más sano que puedo, los yogures son parte del plan, que incluye alguna licencia de vez en cuando para no perder ni el ritmo ni la motivación. He estado más delgada, me gustaría perder algunos kilos más, pero no me siento con fuerzas. Todavía.
Ayer entré en bucle con una escena del manuscrito. Me agobié, así que he decidido dejarlo reposar y llevaré relatos a mi próxima sesión de narrativa. Debo buscar ya mis lectores cero, alguno profesional si puedo. Y voy pergeñando también la que será mi próxima novela. Estructura, punto de vista y tema en general. Para poder empezar a escribirla en enero.
Ayer repasé Photoshop. Mejor dicho, trabajé con vídeos que suplen al manta del voluntario, que ni maneja bien el programa ni sabe enseñar. Hace lo que puede, supongo. En un curso de estos del ayuntamiento tampoco se puede pedir peras al olmo.