Publicado en reflexiones

Miércoles 9 de octubre

Son las seis y cuarto, me desperté con angustia, y ha vuelto a mi recuerdo que por estas fechas pero en 1984 renuncié a mi trabajo en un cole privado porque acababa de ganar la oposición de agregada de instituto. Supongo que mi subconsciente relaciona ese cambio de lo cotidiano con el actual de mi jubilación.

Dejé un contrato abusivo y precario por el funcionariado, no fue un salto en el vacío. De esa misma manera, no es una locura haber dejado mi plaza en el instituto del barrio, aunque me costara mucho llegar a él. Lo he cambiado por la pensión máxima, por un descanso bien merecido y por la posibilidad de dedicarme a mis aficiones ahora que todavía tengo capacidad y ganas. Sin embargo, me corroe un miedo irracional, como el de entonces, a haber metido la pata hasta el fondo. No resiste el más mínimo análisis lógico, pero está ahí y de vez en cuando me ataca.

Creo que esto vuelve a ser un problema que estrés postraumático: mi mente agiganta los conflictos y cronifica mi dificultad para asimilarlos reviviéndolos de manera obsesiva. Para ello tengo mi parte lógica, menos mal, que me anima a no darles mucho crédito a esas ideas recurrentes. Además, manejo técnicas de relajación capaces de diluirlas.

Por de pronto, en pocas horas me marcharé a la clase de costura. Me toca ir en metro, ya que el coche sigue en el taller (los mecánicos de la Suzuki no se caracterizan por su rapidez) pero incluso eso me ayudará a mantener la mente ocupada, lo mejor para la angustia estúpida, eso ya lo sé por experiencia.

Hoy me pruebo la falda que llevo solo hilvanada. No sé si ponerle forro, ni cinturilla. A ver qué tal con Carmen, la modista que nos enseña. Quiero aprender mucho de patronaje, pero también debo ir comprobando hasta qué punto es aplicable a la práctica. Y si de paso también aprendo o reafirmo técnicas de costura, fenomenal.