Publicado en reflexiones

Entre julio y agosto

Segunda semana de mañanas en solitario, mientras JC trabaja yo me propongo continuar mi novela. Tengo la sensación anímica de que las horas fluyen a mi favor. No me agobio, como en otros veranos, pensando que voy por la mitad de las vacaciones, ni hago cuentas hacia atrás para saber cuántos días me quedan antes de volver a la negra tarea. Todavía no me entra del todo en la cabeza, porque soy dura de entendederas para los cambios, pero puedo dedicarme a cualquier cosa que me apetezca durante el tiempo que me plazca. Uff, qué vértigo. Y qué suerte 🙂

Tener una vida ordenada y entrar en una rutina que me arrope son ahora mis lemas. Ventilo  la casa de buena mañana, todavía oscuro, y escribo con las ventanas abiertas de par en par hasta las 9. Sobre esas horas suelo cerrar ya todo, para mantener la casa fresquita. Mi plan de hoy es hacer una compra  madrugadora según abran (las obligaciones, lo primero; además, me encanta pasear un centro comercial recién estrenado). Luego continuaré con  escritura o alguna domesticidad, según  ganas y  necesidades hogareñas, y a las 12 voy a acercarme a la piscina, que he tenido abandonada por mi lumbalgia. Después de una buena ducha, prepararé algo de comer y hasta puede que me alcance para seguir leyendo a Connolly, que lo tengo a medias.

A las tres suele llegar JC y  ya juntitos los dos comemos, hacemos la sobremesa y planeamos la tarde. Me temo que se ha escacharrado  la cisterna de un baño, así que habrá que comprar los cachivaches adecuados para repararla. Después, ya veremos.