Aún no ha amanecido. Se impone el ruido del tráfico de la lejana M50 sobre el trinar de los pájaros. Como siempre que sopla viento del oeste. Las ventanas abiertas refrescan la casa por primera vez en muchos días. No ha hecho falta el aire acondicionado para conciliar el sueño.
Reviso mentalmente estas primeras cinco mañanas de soledad, mientras JC trabajaba, caracterizadas por un calor insoportable y una contractura incomodísima. No han sido gran cosa, con tantas circunstancias adversas, pero las he llevado bastante bien.
Lo primero que he aprendido ha sido darme permiso para dejar pasar el tiempo sin agobiarme. Tengo la tendencia a no desaprovecharlo, a hacer cosas útiles siempre. Y me fustigo si no son suficientemente valiosas.
Estoy de vacaciones y hace calor. No necesito un rendimiento del 120%. Y aunque no tengo trabajo al que volver, todavía estoy en activo, no me jubilo hasta el 4 de septiembre.
No es mi intención, pero podría renunciar a todo todavía. Y cuando lo pienso seriamente, me doy cuenta de que no quiero volver a corregir exámenes, aguantar reuniones aburridas, domar grupos rebeldes, elaborar programaciones u organizar departamentos. Ya no tengo que aguantar adolescentes maleducados, padres impertinentes o circunstancias laborales extremas. Se acabó. Después de treinta y ocho años, me lo he ganado.
Ahora tocan otras actividades. Y debo aprender a incluir entre ellas el dolce far niente.