Son las siete y veinte. Tecleo arrebujada con el edredón, despierta tempraneramente, como es habitual en mí, pero disfrutando de poder quedarme entre las sábanas todo el tiempo que me apetezca. Mañana, por contra, habrá que salir de su cálido abrazo sin concesiones a la molicie. Por eso es más gustoso el ronroneo de hoy.
Está oscuro, lo normal en estos días invernales tan cercanos al solsticio, y me complace saber que en pocas horas tendremos una calidez solar maravillosa, impensable en otros muchos lugares.
Tecleo estas líneas, dormito un rato, luego leo hasta que se me cierran los ojos… Un placer sencillo: dejarme mecer por la somnolencia, entrar y salir del dulce mundo de los sueños.