Hasta que no haga rutina, las jornadas se me hacen muy largas. Llevamos semana y media de clase y parece un mes. La boda o la enfermedad de E. son cuestiones extraordinarias que no ayudan a normalizar.
Reflexiono sobre mi oficio y la historia de la literatura y comprendo que ya no explicaré medieval, ni renacentista, ni barroca, pues en segundo de bachillerato solo se ve siglo XX. Y ya no daré segundo, tercero, cuarto de ESO, ni primero de bachillerato. Tengo solo los dos niveles restantes, por última vez, y como soy consciente procuro disfrutarlos.
En fin, que todavía no consigo esa cotidianidad suave que acaricia el alma. Pero ni siquiera eso me intranquiliza, el día a día está teñido de nuevas connotaciones y eso me agrada. No es una despedida triste, sino un adiós merecido y jubiloso.