Publicado en reflexiones

Otoño atareado a treinta grados

Hoy empieza la nueva estación, pero seguimos sufriendo calores y sudamos de lo lindo en las aulas. Están tan mal climatizadas este último curso mío, como cuando era niña hace cincuenta años. En ese aspecto, no hemos avanzado nada. El curso empieza cada vez más pronto y el calentamiento global hace insufribles estas primeras semanas como nunca lo fueron antes.

Este calor de ahora era impensable en otros años. Refresca por las noches, qué menos, y las mañanas son agradables. Sin embargo, las horas cálidas no ceden ni un grado.

Por eso voy al insti con atuendos veraniegos, y lo cierto es que nunca me había cundido tanto el buen tiempo.

Aprovechando mi armario repleto, en diez días de clases he lucido otros tantos vestidos fresquitos diferentes. Y todavía dispongo de algunos más sin tener que repetir. Es lo que sucede al coser mi propia ropa, que a base de dos o tres proyectos por aquí y por allá, de repente me percato de que he acumulado auténticas montoneras de trapitos varios 🙂

Escribo estas líneas un domingo a la hora del vermú, haciendo un hueco. Pero en cuanto a mi novela en ciernes, no avanzo. Ahí sigue, la pobre, abandonada. Hasta que no superemos los extraordinarios vitales, no me alcanzan ni el tiempo, ni la tranquilidad de espíritu.

De momento, hago lo imprescindible: programo, secuencio, preparo clases, lo típico de todos los comienzos de curso. Más adelante será la intervención de E. Luego, cuando las aguas vuelvan a su cauce, ya veremos.

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