
Son las 4:38 y hoy es mi cumpleaños. Escribo desde la tableta, en medio de la oscuridad y silencio de la noche.
Creo que estoy un poco alterada por la situación de G. No es que vaya mal, ya ha destapado la rodilla, como indicó el médico, y tiene buena pinta. Simplemente es que tengo que adaptarme a esta nueva rutina. Y además, por el estrés postraumático que siempre nos acompaña, el miedo subterráneo se ha reactivado. Costará hacerlo retroceder. Supongo que irá cediendo. Menos mal que tenemos un spa programado para dentro de tres semanas que nos ayudará mucho en ese sentido.
Anoche, poco antes de dormir, me pareció sentir a mi madre. Y a mi padre luego. Solo unos instantes. Hacía mucho que no notaba a los que nos faltan, pero con la cirugía de G les pedí ayuda y nos la dieron. A su modo. Así que supongo que por eso he recuperado cierta capacidad de conexión. Aún así, incluso esas sensaciones me producen un temor supersticioso. Temo que sean señales de una nueva desgracia. Es el estrés postraumático que ataca, me digo, pero la intranquilidad se queda prendida y duermo mal, y convivo con un runrún inquieto en el estómago.
Intentaré cerrar los ojos y dormir un poco más. Hasta lueguito.