Publicado en reflexiones

Miércoles 9 de diciembre de 2020

Esta semana sigue plena de pequeñas pero incómodas obligaciones. Lo que JC y yo llamamos «la yincana vital». Es obvio que nos ataca nuevamente.

Con tanto ajetreo, no solo me me falta tiempo, es que los ratos que consigo, estoy alterada. Y sin serenidad, lo creativo huye.

Sin embargo, no me dejo vencer por las circunstancias. Ya que no consigo escribir, me centro en la organización. Las estructuras generales se van convirtiendo en escaletas. Y así también se avanza. Luego, desde ahí, solo hay que seguir lo proyectado.

Hoy, por fin, acaba mi tratamiento dental. Poco más de dos meses, una lentitud provocada porque es difícil conseguir citas. No sé si por exceso de pacientes o porque la dentista que me corresponde no acude todos los días. Otras pequeñeces las dejaré para cuando acabe esta pandemia. No me siento tan cómoda como con mi dentista de toda la vida, pero ya le tengo la suficiente confianza a este gabinete como para seguir con ellos.

Hoy, también, supongo, porque así me lo comentó F, mi editor, se anunciará mi primera novela. En cuanto sea realidad, yo también lo haré. Estoy contenta y asustada a la vez. En estos tiempos tan raros, ¿conseguiré lectores? Todavía faltan meses para que podamos hacer presentaciones. Me pueden la responsabilidad y la impaciencia.