Publicado en reflexiones

Martes 14 de julio de 2020

Son las 6:11. He dormido profundamente. Aún está oscuro y entra fresco por la ventana. Tecleo en el móvil.

Ya no tenemos escaleras subiendo al tejado, ni herramientas en las terrazas. Se nota una extraña ausencia, la de los operarios que nos invadían cada mañana y dejaban tras ellos un halo de ocupación difícil de definir, pero que se siente. Es curioso.

Se fueron ayer, JC les agradeció el trabajo y lo cuidadosos que habían sido. (Es cierto que han trabajado rápido y que no han sufrido paredes, suelos o puertas. Al menos, aparentemente.) Entonces ellos contestaron que nosotros habíamos sido muy amables y buenos. No como otros. Y comentaron que hay gente para todo y quienes les han llegado a negar un vaso de agua. Del uso de un cuarto de baño, mejor ni hablar.

Madre mía, qué vergüenza ajena. No hago más comentarios, lo dejo así.

En cuanto amanezca, me dedico a lo que queda, que, a pesar de una pasada de aspirador y varias de fregona, es polvo. Y eso, ya se sabe, se ha extendido por toda la casa. Seguiré fregando suelos y restañando muebles, puertas y cristales.

Luego quitaremos las protecciones del suelo, y las sábanas que cubren los muebles. Con paciencia. Habrá que seguir limpiando, despacio, varias veces. No hay prisa. Recuperando, así, el terreno y la casa para la vivencia usual.

Mañana será nuestro aniversario. 38 años. Recobrar la serenidad perdida es un buen regalo.