Publicado en reflexiones

Martes 23 de junio de 2020

Son las seis y dieciocho de una bonita mañana. Trinan los pájaros. Sopla un poquito de viento, sin tráfico, empieza a clarear.

No he escrito nada para la última sesión. Le doy vueltas a un asunto y su posible tratamiento, y me agobio, porque no me convence. Me agobio, como digo, porque, contra mi costumbre, ayer no escribí. Dediqué la mañana entera a solicitar un certificado electrónico, en una lucha contra adversidades informáticas de todo tipo que finalmente logré vencer. Pero solo fue un esfuerzo inútil, porque me falta la parte presencial del asunto. Y no dan citas. Y vaya ud a saber cuándo las darán. Con el confinamiento y el teletrabajo la Administración está colapsada.

No hice nada, ni una línea. Apenas he llegado a pensar que hacer. Me proponía atacar ahora una escena importante, pero me da pereza. Mi trabajo con el grupo no va a tener continuidad, ¿merece la pena? Jo, qué subterfugios tan bobos se busca el subconsciente para no tener que esforzarse. Tiene narices el asunto.

Y no sé si simplemente acudir a la última cita del Taller con un par de relatos y charlar, y reír. Supongo que todos estarán también cansados y con escasas ganas de currar, pero no me gusta tampoco la idea de dos horas rarunas contemporizando.

Hoy toca ir a la compra, sin embargo, no quiero marcharme hasta haber escrito un poco. Creo que me pondré a ello seriamente en unos minutos. A ver si me cunde antes de las nueve.