
Hoy empieza esa nueva normalidad que nos anunciaban y nos daba esperanzas en lo más difícil del confinamiento. Podemos movernos entre comunidades autónomas sin salvoconducto, acudir a espectáculos y museos respetando ciertas condiciones, entrar en los bares, o reunirnos con mayor número de personas (aunque no sé exactamente cuántas, y me da pereza comprobarlo).
Acabo de leer la última entrega de dos diarios de confinamiento que seguí todo este tiempo, el de Quique Peinado, en los blogs de la Sexta, y el de Elena Cabrera en eldiario.es. Yo también estoy cerrando mi reto de escribir un año entero. Hoy hago 263 artículos seguidos. Termino el día de San Juan.
No quiere esto decir que dejaré de tomar notas o de apuntar lo que me pasa o interesa, como hasta ahora. Solo que me saltaré algún día, los que me parezca que son demasiado iguales, o los que me despiste, o los que, simplemente, no tenga ganas.
Son las siete y cuarto. Ayer hizo un calor ya veraniego, de más de 30°C, pero amanece con viento fresco y por debajo de los 20. Tráfico y pajarillos se turnan en amenizar mis despertares. Como otras tantas veces.
En mi entorno cercano no cambia casi nada. Los de la familia nuclear nos visitamos desde que nos lo permitieron, pero no hemos visto a nadie más, ni amigos ni otros familiares. El próximo finde tenemos una novedad con extraños, aunque no muy multitudinaria, y en julio la obra, que supone unos desagradables días de convivencia obligada.
La vida se ha vuelto anodina y monótona, pero, por Dios, que se quede así, que no nos dé ninguna sorpresa más.