Son las siete. Empieza otro día extraño de confinamiento. Recojo las novedades con cierta ansia. Como, por ejemplo, que ayer volví, por fin, a mi grupo de Proyectos Narrativos. Después de dos semanas de viajes y otra de actividades lectivas suspendidas, tuve una clase por vídeo conferencia en mi buhardilla, qué lujo. Ver las caras y oír las voces de los compañeros, tras un mes de alejamiento, me prestó mucho, que dicen los de Asturias. Además, su compañía creativa es una motivación para perseverar en la escritura.
Pero no fundamento todo en mis afanes novelescos. Me propongo, además, aprender un poco de baile, en concreto de twist. Anoche descubrí una clase de iniciación en YouTube que me pareció adecuada para nosotros. Mostraba unos pasos básicos, realmente muy sencillos. Y pensé que nos podía servir como actividad física divertida, perfecta para complementar el puro ejercicio sin más ornamentos de la bicicleta estática. JC accedió a intentar seguir conmigo ese vídeo didáctico de media hora. Jajajajaja. Promete al menos unas cuantas risas.
Ayer, también, llegó la primavera. La astronómica, porque la floral lleva ya un mes apuntando. Miro por la ventana, veo el cielo despejado y que el pruno ya tiene su melena roja. Este año se ha adelantado, otras veces las florecillas rosadas rodearon más la fecha del aniversario.
Finalmente apunto que los primucos de Cantabria tienen nena nueva. Enar, así, sin hache, es la hija de Alejandro. Ha llegado en plena pandemia, sí, pero también con la primavera y en el día de la felicidad. Es una nota de esperanza que demuestra que la vida sigue a pesar del coronavirus y los confinamientos. Nuestros mejores deseos para ella y los suyos. Para todos.