Son las siete y veinte. Amanezco como todos los días, a la hora que mi cuerpo marca, y no por el sonido desagradable del despertador. Es agradable disfrutar de esa oportunidad en día laboral. JC duerme a mi lado mientras tecleo estas líneas, todavía un poco transpuesta.
Estamos en casa. Asintomáticos. Bien. Es lo que escribo a los que preguntan cómo nos va. Y se me hace rarísimo quedarme aquí tanto tiempo. «Tanto», escribo, y apenas son dos días. Dimos un paseo justo antes de que se estableciera el estado de alarma. Comimos con G. Y no hemos tenido ningún otro contacto.
JC sí, cada mañana, en el trabajo. Yo, en principio, he llevado una vida más solitaria. Fui a la compra el martes 10 y recibí a L el jueves. Nada más. Mañana me propongo salir a comprar de nuevo. A ver si no hay muchas aglomeraciones. También debería repostar gasolina.
Comprendo que es este un tiempo extraño, especial, en el que pensar muy seriamente. Reflexiono sobre la libertad y nuestro grado de responsabilidad ciudadana. Sobre el valor del tiempo. Enseguida soy consciente de mi vida privilegiada. Consideramos demasiadas cosas como derechos conseguidos y nos parece que la humanidad avanza, sin caer en la cuenta de que estamos siempre al borde del abismo. Se nos olvida. O es que mejor no queremos ni pensarlo.
He establecido una rutina. Bici estática mañana y noche. Escritura y libros. Pelis y juegos. Tal vez algo de patronaje. Me preocupa coger kilos, debo comer menos y mejor. A ello me lanzo. Buenos días.