A estas alturas de calendario es cuando más me agobia comprobar el tempus fugit. Son las odiosas aproximaciones al 11 de marzo. Da igual que sean ya dieciséis años, los aniversarios siempre duelen. Siempre cortan hasta las entrañas con su filo hondo.
Este año vuelvo a tener presentaciones en estas fechas difíciles, gracias a mi amigo Moncho. Ha sido tan amable y eficiente como para concertar tres seguidas, en Gijón, Avilés y Oviedo. Serán en la última semana de este mes de febrero.
Así que, en ese sentido, menos mal, tendré la mente ocupada. La ausencia de obligaciones laborales que disfruto ahora podría dejar más espacio a las ideas obsesivas, al dolor y a la pena. Intentaré que no sea así. Pero es un riesgo. Me mantengo alerta, para que no me pille de sorpresa.
Ayer no salí a pasear y esta noche se ha notado la ausencia de ejercicio. Me duele más la espalda y he dormido peor. Hoy será lo primero que haga.
El asunto es que me quedé en casa esperando a que vinieran a recoger unos muebles viejos y luego se me fue el santo al cielo. Los del ayuntamiento llegaron antes de lo previsto, menos mal que no me había ido, y como JC ya los había dejado fuera, fue cuestión de un minuto. Pero aun así tuvo su saborcillo amargo.
Me dio nostalgia. Y hasta un poco de miedo. Porque desechar el dormitorio de nuestros últimos treinta años, la mitad de nuestras vidas no se hace todos los días. Es otro ejemplo de tempus fugit, de la ausencia de nuestros hijos, del envejecimiento que nos acecha, de cambio, de que nada dura…