No es que escriba temprano, es que aún no me pude dormir. Se me ocurrió tomar una cola con cafeína, yo que llevo años evitándola. Hacía calor y apetecían sus burbujas a media mañana, con un bocatín de jamón. De resultas, no me llega el sueño aunque hayan pasado más de doce horas. La una y veinte, dice el móvil, mientras tecleo. Qué desastre.
No tenemos obligaciones previamente adquiridas, ni necesidad de madrugar mañana. Cuando pueda me dormiré, sin agobios. Y, mientras tanto, voy escribiendo lo que en condiciones normales hago nada más despertar: lo que nos sucedió hoy. Uy, perdón, me refería al día de ayer, el insomnio tiene estos despistes.
En esencia, nuestra mañana consistió en vagabundear por sitios hermosos. Paseando los Reales Alcázares y sus jardines hicimos hambre antes de comer. Y debo decir que disfrutamos con parsimonia cada rincón, artesonado, ventanal, estanque, macizo, naranjo o fuente. Por cierto, ahí conseguí mi primer descuento de jubilauta en la entrada. Poco épico, supongo, pero me hizo ilusión.
Tras una ensalada rápida en el apartamento y un magnífico yogur griego con nueces de postre, nos llegamos hasta la plaza de España. Me resultó maravillosa a más no poder, plena de luz, música, animación y belleza. Como si la viera por primera vez. Terminamos en los jardines de María Luisa, entre Dante, los Álvarez Quintero y Bécquer, coches de caballos, parterres y árboles centenarios.
Cuando se fueron el sol y el calorcito de un día espléndido, volvimos a callejear por las vías más famosas y animadas. Y de nuevo, como ayer, con un helado, síntoma de la buena temperatura y experiencia que desde luego en Madrid ni intentamos en pleno invierno.
Ya son casi las dos. Echo de menos mi cama y mi casa. Me había puesto unos tapones porque me molestaba un ruido de máquina en el patio, pero ya cesó. Debo poner a recargar el móvil y dormir. Voy a intentarlo. Buenas noches.