Publicado en reflexiones

Miércoles 8 de enero de 2020

Leo en el grupo de WhatsApp el lamento de mis compañeros de trabajo, que se quejan de que se les acabó lo bueno. Hoy vuelven a las aulas, ahora mismo se andan preparando, alguno incluso tendrá que salir ya para llegar a la primera hora de clase. Ay, qué lástima

Y yo mientras tanto me arropo con el edredón y tecleo en este dormitorio desconocido y ajeno de un apartamento en el barrio sevillano de Santa Cruz. Una escapadita a contracorriente. Aunque aquí siempre hay gentío, esperamos que menos que en plenas vacaciones navideñas.

Lo siento por ellos, me alegro por nuestra situación, se mantienen las sensaciones de irrealidad, a veces muy incómodas. Y constato nuevamente que me va a costar más tiempo del esperado asumir del todo mi nueva situación.

Llegamos ayer, en el AVE de las 14:30, caminando desde la estación de Santa Justa. Se nos fue el resto de la tarde en avituallarnos, comer y dar una vuelta a la catedral, los Reales Alcázares, el Parque de María Luisa y, ya de noche, la calle Sierpes y sus aledaños.

Luego se hizo tarde, callejeamos y nos perdimos, cenamos en exceso, constatamos en la tele que por fin tenemos un gobierno progresista, (ojalá esta pequeña esperanza que ahora siento se convierta en una estupenda realidad de cambio). Y finalmente nos acostamos en una cama enorme, blanca y mullida, de la que acabo de emerger para tomarme un tecito y planificar el día. Y para escribir esto.

Son las siete y media. Las ventanas solo dan a patios, en un edificio de tres y multitud de escaleras que me recuerdan la ambientación sevillana de la serie Allí abajo. Y el chivato WordPress me avisa de que llevo 197 días seguidos escribiendo en esta bitácora. A punto, entonces, de otro número redondo. Doscientos días serán el sábado. Madre, cómo pasa el tiempo. Y la vida. Por eso hay que aprovecharla.