«A las tres serán las dos» . Han vuelto a cambiar la hora y nos han regalado una nueva. Qué manía estúpida y cuánto rompe mis ritmos de comida y sueño. Menos mal que ya no tengo obligaciones demasiado estrictas y puedo hacer mejor la transición que en los años precedentes.
Hablando de comida, pienso en las maravillosas viandas de la boda de ayer. Normalmente siempre pasa lo mismo en estas celebraciones, que resulta doloroso dejarse cosas en cada plato, pero es que de verdad me llegó a resultar imposible. Los entrantes del cóctel fueron muchos, deliciosos y variados y como tenía hambre, los probé todos. Cuando por fin nos sentamos a la mesa, realmente ya me sobraba cualquier cosa que se pudiera añadir.
Luego, en casa no fui capaz de cenar más que un yogur, no en vano estuvimos comiendo desde las dos hasta las seis, sin pausa. Sin embargo, ahora mismo, cuando el estómago reclama un desayuno, vuelven a mi cabeza todas las cosas ricas que me dejé. Con lo estupendo que sería poder aprovecharlas y recordar la fiesta al día siguiente. Debería institucionalizarse el táper para estos eventos. Cuestan una pasta gansa y al final se tira mucho sobrante a la basura. Sería una opción mejor que esos regalitos absurdos de recordatorio tan usuales, uno práctico que te puede solucionar la merienda del día siguiente, ¿por qué no? Supongo que las hambrunas de otras épocas nos volvieron absurdos en este sentido y que no se hace y no se ofrece para no parecer muertos de hambre ni ofender a nadie. Hay mucha cuestión de apariencia aquí, me temo. Yo fui incapaz de terminar un solomillo magnífico que no me llevé metido en pan porque no tenía dónde llevármelo, pero ganas tuve.
Y al final, charlando con unos y con otros, con los más amigos en el cóctel, y algo desubicados en la mesa, salvo por Karel y Eléndir, se nos pasó la fiesta. Nos volvimos al atardecer, cuando la nostalgia empezó a atacarnos y nuestra poca afición al baile, el ruido y que la temperatura bajaba nos dieron la puntilla. Es hermoso ver cómo se comprometen nuestros queridos casi hijos, luego nuestros años y pérdidas vitales terminan pasándonos factura. Pero siempre nos merece la pena.