Publicado en docencia, reflexiones

Última clase finiquitada

Hoy son los exámenes extraordinarios, que hacemos por departamentos. El mío a las diez y media reunirá a unas decenas de alumnos, casi todos de L y míos, porque el resto han dado o aprobado general, o casi.

No ha sido esa mi actitud, ni siquiera en esta circunstancia de jubilación. A estas alturas no voy a torcer mi estilo profesional. Los que se quedan, sin embargo, van por esos derroteros. Y las pruebas externas demuestran que la poca exigencia se paga con resultados mediocres, o malos, pero ese es su problema. Yo me voy con notas altas y ningún suspendido. Hasta ahí puedo leer.

Añado, también, que estos días de junio han acudido a clase todos mis alumnos suspensos, y hemos repasado el temario al completo, en lo fundamental, claro. Mientras tanto, los grupos de aprobados masivos no han dado ese trabajo a sus profes.

La que se va por la que se viene, he tenido que currar más y ahora me tocará corregir mientras otros disfrutan del dolce far niente. Suele suceder. Son muchos años ya viéndolo y padeciéndolo, menos mal que por fin acabo.