
Quince años sin ver a nuestro hijo, añorando su compañía, un montón de meses, semanas, días, horas y minutos de ausencia me esperan a la vuelta del fin de semana.
Las fechas tienen ese valor simbólico, que hiere y cura a la vez, que acercan el pasado remoto y lo transforman en este mismo momento presente.
Yo recuerdo como siempre a Rodrigo. Y puede que este año de su libro parezca que de forma especial. Pues claro, no es fácil conseguir una publicación, soy consciente de la suerte que me ha sonreído en eso.
Pero para mí, para mi corazón de madre, es como ha sido hasta ahora: le escribo para integrarlo en nuestra vida sin él, para que participe de lo que hacemos en su ausencia impuesta.
Y sé que nos acompaña.