
Por fin llueve tras semanas de calor y sequedad insoportables. Me voy a hacer una compra rápida en un par de minutos, justo para estar según abren el híper y no toparme con las hordas de sundayers que tanto estorban y ralentizan.
En una semana, la boda.
No tengo nervios, ¿por qué habría de tenerlos? Más me altera la enfermedad de nuestra E. y no puedo hacer nada más que acompañar su camino. Por todo ello, lo que más me apetece es que todo pase y vuelva la normalidad, la rutina que arropa el alma.
Una noticia buena y otra mala, alguno habrá que piense que el universo las manda para que siga el equilibrio. Pero a mí no me convence.