
Hemos disfrutado del mar, de las tormentas (qué manera de moverse), de las excursiones y de las enormes y riquísimas cantidades de comida. Eso sí, nada más volver, nos hemos puesto a dieta, porque sumar esa semana loca a las Navidades y al estrés del aniversario no auguraban nada bueno.
Esta salida de lo cotidiano nos ha servido muy mucho. No solo para desconectar de tantas responsabilidades y del agobio emocional del aniversario. También, que no es poco, para dormir como lirones. Nunca habíamos cenado tan pronto, ni habíamos descansado tantas horas seguidas como en este viaje. Nos ha extrañado incluso a nosotros. Es la prueba fidedigna de que, de verdad, lo necesitábamos.


Otra cosa es que mis rodillas han dado mucho la lata, que he vivido la semana a base de antiinflamatorios, y que hoy, miércoles, tras ya tres días de descanso y con dosis pequeñas de medicación, todavía se quejan. Puff, a ver si perdiendo unos kilillos recupero un poco de autonomía, porque lo cierto es que me condicionan bastante.