
Estamos en casa, tranquilitos. Ahora que podemos elegir, desechamos salir o viajar los días de aglomeraciones y temporadas altas. Eso sí, tenemos escapadas en previsión para los próximos meses. Ya se verá qué tal responden mis pobres rodillas.
Por otro lado, sigo dándole vueltas al contrato editorial. Es tradicional, ni coedición ni autoedición, ellos imprimen y distribuyen. Debería contestar el lunes, después de estos días locos, pero me da miedo. Ese dichoso contrato sería corto, solo de dos años, y las tiradas de impresión también lo son, con lo que el suministros a librerías, incluso las grandes, es muy escaso. Solo con eso se ven las tendencias cortoplacistas de la editorial, así que lo hablé personalmente con el editor. Por su parte, todo fueron buenas palabras. Pero me pregunto si realmente será una oportunidad o si terminará siendo un gravísimo error. Sigo muy dubitativa.
Y por si fuera poco, resulta que estoy cambiando de PC, que es un lío monumental. Todo el proceso me aburre infinito, pero es lo que hay: necesito pasarme ya a Windows11. Mi pobre antiguo me enerva porque va lentísimo y a Windows 10 le queda poco recorrido; vamos, que no queda otra. Eso sí, me temo que tardaré. Ahora mismo tengo las dos máquinas abiertas y en proceso y no pasa nada. ¿Por qué no ir despacito? Verdaderamente, no tengo necesidad de estresarme, me digo. Pero, finalmente, me angustia ver que no avanzo.
Lo de siempre: que soy una agobiosa, como me decía Rodrigo.