Publicado en reflexiones

Julio ya

Hoy tengo que dar una charla que me apetece muy poquito. Dentro de ocho días, llega la presentación en la Semana Negra y todavía estoy floja de ánimo. Escribo los últimos capítulos de B81 muy lenta, con agobio y pocas ganas, en fin, lo esperable en esta crisis de final de curso. Además hace calor y estoy recluida todo el tiempo, con escaso contacto humano.

No anoto aquí desde hace mucho y no tengo más disculpa que la de estar pasando una racha de cansancio físico y emocional. La he ido curando con reposo, leyendo y viendo pelis, y dosis pequeñas de ashwagandha. Y creo que, por fin, tras unas semanitas duras, ya voy mejor. Espero que las próximas vacaciones sean provechosas y curativas.

Y resulta que entre mis visionados de series, he descubierto los k-dramas de Netflix. Hay mucha morralla, como en todo, pero algunos me están pareciendo interesantes. En primer lugar, por sus curiosos tópicos. En segundo, por la maestría con que manejan los puntos de giro, que incluso a mí, que soy tambor de marina, me enganchan y sorprenden.

Confieso que me he reído con algunos y que he llenado los malos momentos con otros. Es verdad que los me parecieron mediocres los dejé a medias y que, en general, son lentos y suaves, así que también estupendos para dormir o echarse cabezaditas. También, que uno de ellos llegó a fascinarme muchísimo y me enganché a sus personajes, banda sonora y melodrama.

Tampoco soy una experta, ni lo intento. Lo peor, los doblajes con acento y vocabulario mexicanos, que a menudo me sacan de situación. Aunque no me quejo, pues oírlos en coreano leyendo subtitulos es bastante más trabajoso. Lo he hecho a ratos y resulta agotador.